Los conocimientos que se han ido configurando con el paso del tiempo como ramas de la Ciencia, a veces empezaron a estructurarse de una forma casi cotidiana, casi casual, de mano de mentes que iban un paso o varios por delante del resto de la humanidad.
Si en el caso de investigadores y mentes masculinas su curiosidad era un actitud aceptada, en el caso de las mujeres esa misma curiosidad y avidez de conocimiento era una peculiaridad que las hacía distintas o insólitas en el siglo XIX, y sobre todo difícilmente aceptadas entre los prejuicios sociales. Muchas de ellas tuvieron que explicar o justificar sus deseos de aprender y otras muchas simplemente arrinconaron esos deseos por asumir que su profesión había de ser todo lo relacionado con las labores de la familia y el hogar.
El destino estructural de las mujeres al mundo anónimo del interior de la familia por haber nacido mujer, se reforzaba en la creencia sustentada por interesadas teorías 'expertas' de que el cerebro de la mujer no tenía capacidad natural suficiente para desarrollar los estudios científicos y mucho menos ejercer sus profesiones correspondientes, sólo reservadas a los varones. Desterrar de las estructuras académicas y familiares y de la sociedad del siglo XIX las justificaciones que desvalorizaban la inteligencia, el esfuerzo y la pasión por el conocimiento de las mujeres, fue un camino plagado de retos y tropiezos.
Aun así, han llegado hasta hoy casos excepcionales de mujeres colaboradoras imprescindibles en la labor de científicos varones, como Silveria Fañanás y Teresa Madasú; otros casos de mujeres que simplemente se adelantaban al estudio científico en ramas ajenas al interés femenino hasta entonces como la Botánica y la Entomologia, donde las hermanas Blanca y Clotilde Catalán de Ocón dejaron un legado de valía inestimable que aprovecharon otros estudiosos como el naturalista Bernardo Zapater, y casos de mujeres que marcaron caminos de independencia, decisión y convencimiento, como Polonia Sanz, dentista y fotógrafa, y María Rafols Bruna, cuyo legado de entrega social sigue vigente.
Si el siglo XIX fue un contexto donde las inquietudes intelectuales femeninas empezaron a visibilizarse iniciándose la construcción de un espacio propio de expresión, fueron muy pocas las que pudieron ejercer su vocación y sus deseos por derecho propio.
Por ello son tan valiosos ejemplos como las que integran este capítulo, a modo de homenaje, ya que forjaron modelos de mujer que, entre el asombro, la incomprensión y el desdén de muchos, supusieron sin embargo la apertura de rutas importantes para hacer posible la defensa de los derechos intelectuales y profesionales de las mujeres del siglo XX.