Incluye los legados de maestras y educadoras que proyectaron sus ideales en el ejercicio de la enseñanza y en el compromiso con la sociedad de su tiempo y supusieron el nacimiento de un nuevo modelo de mujer a hacia la igualdad y la independencia.
A finales del siglo XIX empiezan a plantearse las primeras propuestas decididamente defensoras de la necesidad de que las mujeres reciban una educación escolar más sólida y equivalente a la que reciben los varones. Conseguir la igualdad educativa significa, en esta etapa, que las mujeres puedan tener acceso a los estudios medios y superiores y que niños y niñas se eduquen en los mismos centros para mejorar la calidad de la escolarización de éstas.
El desarrollo de las inquietudes sociales estará ligado indefectiblemente a la educación de las niñas. Desde fin del siglo XIX y principios del XX el colectivo femenino demandaba un nuevo status social rechazando quedar recluidas en la esfera privada del hogar o resignadas a trabajos denigrados. La educación era la clave, hasta entonces monopolizada por la Iglesia y los preceptos de perfecta ama de casa y madre de sus hijos destinados a la mujer, pero tan arraigados en la sociedad: la adquisición de educación era la expresión de un deseo propio de desarrollo pero también de una ruptura con los cánones sociales establecidos desde siglos atrás. Las maestras profesionales no estuvieron exentas de esa necesidad de armonizar la tradición recibida y el deseo de cambio que auguraba el futuro. Ellas simbolizaron las diferentes etapas de la transformación de la sociedad española desde final del siglo XIX. A caballo entre la renovación feminista y la tradición asignada a lo femenino, las maestras y educadoras de principios del siglo XX se debatieron entre el deseo de cambiar la realidad que vivían y el cuidado en no desencadenar el rechazo de su entorno.
Por documentos conservados sobre los exámenes de acceso a la titulación de Maestra (de niñas), vemos las materias que se van añadiendo con el tiempo para demostrar su capacitación. En la segunda mitad del siglo XIX a la aspirante a escuelas de primera y segunda clase ya se les pedía saber escribir y contar, además demostrar conocimientos de religión, moral, lectura, caligrafía, cuentas y labores propias de su sexo; además tenían que responder a un examen oral sobre el Reglamento de las escuelas, “deberes de las maestras con respecto a las autoridades, a los padres y a las niñas que han de tener a su cuidado, y especialmente los relativos al aseo, laboriosidad y conducta moral y religiosa de sus discípulas, a quienes deben preparar convenientemente para que lleguen a ser buenas madres de familia” (cit. M.Mar Requena Olmo, 2006).
Junto a la perpetuación de un sistema educativo que no prestaba atención al Magisterio para formar a mujeres docentes, se desarrolló un interés creciente sobre las técnicas pedagógicas avanzadas que llegaban con aires renovadores y desafíos que algunas maestras querían experimentar. Las carencias del sistema educativo español se enfrentaron a los deseos de renovación de las ideas sobre la educación que llegaban con el nuevo siglo.