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25 febrero 2013

Crítica de arte: Antonio Fernández Molina, el poeta que pinta


Por: Chus Tudelilla (El Periódico de Aragón)
Cultura

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Una vez más las pinturas y dibujos de Antonio Fernández Molina (Alcázar de San Juan, Ciudad Real, 1927 - Zaragoza, 2005) salen de las habitaciones de su casa, y, como siempre, lo hacen en compañía de Josefa Echeverría, la mejor guardiana de tantas historias y ensoñaciones. No sabe Josefa por qué los espectadores que visitan la exposición de Antonio en la Luzán creen que el rostro de la mujer pintada que los recibe es el suyo; no ha reparado en que la cartela cita su nombre. Pues bien, se sonríe. Sabe tanto, Josefa. Cada tarde ocupa su lugar en la sala, delante de los peces que nadan en un mar rojo, y de las pinturas que se agrupan sin otro criterio que el de estar juntas. En una salita aparte, los dibujos.

Con motivo de la exposición El poeta multiplicado, celebrada en el Paraninfo de la Universidad de Zaragoza, José-Carlos Mainer señaló que el mundo de A. F. Molina se movía en la órbita de los que buscaron algún modo de certidumbre entre los escombros. Así fue a lo largo de su vida. A la pintura, escribí en aquella ocasión, llegó desde la poesía, y desde entonces una y otra fueron la misma cosa, como dejó anotado quien se autocalificó como poeta que pinta; no en vano, creyó, escribir o pintar son resultado de una misma acción poética.

A. F. Molina se quiso artista. Su primera tarea fue aprender de aquellos creadores que practicaron el arte como poetas, cuyas obras ofrecían soluciones inesperadas, singulares y a contracorriente. Las ciudades y fantasías pintadas con tinta o con posos de café y ceniza de Víctor Hugo, las manchas caligráficas gráciles y exasperadas de Michaux, la libertad de Klee, la mezcla de realidad y ficción de Max Aub, la mirada desdoblada de Lorca, las atmósferas congeladas de los metafísicos, las perspectivas inventadas de Wols, las formas orgánicas de Gorky, los paisajes visionarios de Blake, Kubin o Dubuffet, la geometría de los Pórtico, los ecos de Goeritz, y las huellas de Picasso, Dalí, Miró, Cocteau, Ernst, Arp, Magritte, Chagall, o Matta... formaron parte de su particular museo. A todos los fue descubriendo con las prisas de quien busca refugio en un tiempo gris, en librerías, galerías, museos, tertulias de café, y al amparo del recuerdo de los lenguajes de vanguardia. La libertad e imaginación del ideario postista, que derivó en el descubrimiento de lo maravilloso en lo cotidiano ordinario, le indicaron el camino a seguir. Y los desplazamientos en instantáneas, en fogonazos imaginativos, propios del postismo, se instalaron con voz propia en sus obras.

Paseante de una ciudad sumergida, A. F. Molina concibió la escritura y la pintura como un espacio ceremonial donde se exalta la vida, la libertad, la imaginación, la infancia y sus espejismos. Tiempos y espacios inventados para ensoñaciones que imaginan.

La exposición A. F. Molina, pinturas y dibujos, puede visitarse hasta el 8 de marzo en la sala CAI Luzán del paseo de la Independencia.