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El síndrome del impostor y la cultura del esfuerzo


Artículo publicado en el número 7 de la revista Zaragoza Joven.

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Alesandra Puyuelo

En los últimos años, el síndrome del impostor se ha convertido en un tema presente en multitud de podcast, revistas y libros de desarrollo personal. Se usa a menudo para explicar la sensación que algunas personas tienen de no ser suficiente y de no merecer sus propios logros, especialmente en el ámbito profesional.

Este concepto, sin embargo, no es una novedad, ya que a finales de los años 70 las psicólogas Pauline Rose Clance y Suzanne Imes demostraron la existencia del síndrome del impostor entre alumnas y profesoras universitarias en Estados Unidos. Si bien no existe evidencia científica de una mayor predisposición en determinados grupos de la población, dado que puede afectar a cualquier persona con independencia de su sexo, edad, raza o nivel de estudios en cualquier momento de su vida. De hecho, como señala Carla Barros, psicóloga sanitaria en PSICARA, el síndrome del impostor no se trata de una enfermedad sino más bien de "un patrón de comportamiento en el que oscilan dudas en torno a las propias habilidades, el miedo al fracaso y unas bajas expectativas en cuanto a los resultados, que se pueden alcanzar".

En el síndrome del impostor se experimenta así un sentimiento intenso de falsedad o falta de autenticidad con respecto a la imagen de competencia que tengamos de nosotros mismos que se une como señala esta psicóloga "a que nosotros seguimos trabajando para sacar adelante un proyecto y vamos arrastrando ese sentimiento de «soy una falsa, en cualquier momento me van a descubrir, y de que lo que tengo que hacer es esforzarme más, ser más perfeccionista, como si lo que yo soy o lo que yo se hacer ya no fuera suficiente»".

El síndrome del impostor funciona de este modo como una rueda que se va sobrealimentando. Pero, ¿qué estrategias podemos usar para pararla? Podemos hacerlo, en primer lugar, según Barros: "dándonos cuenta de lo que está pasando, de que estamos poniendo toda la responsabilidad de lo que está sucediendo fuera de nosotros o que estamos poniendo todos los logros fuera de nosotros".

Después también es importante echar la vista atrás y ver qué experiencia vital hemos tenido, eso es , cómo nos han acompañado. Pues, como sostiene, "si ahora mismo estoy viviendo la cultura del esfuerzo, el que más hace mejor y si además a lo largo de toda mi vida, no se han reforzado los logros porque es lo que tenía que hacer, y aun encima se me ha castigado cuando no he llegado a eso que se supone que tenía que hacer, ¿en qué momento yo he aprendido a valorar mis logros?".

Fortalecer nuestra autoestima es entonces clave, ya que más allá de aquello a lo que le han dado valor siendo niños/as es importante preguntarnos: "¿Qué significa para mí el éxito? ¿Qué significa el fracaso? ¿Qué dice de mí eso? ¿Significa qué si yo no tengo éxito, pierdo valor? ¿No puede ser valorado o aprobado por la sociedad? ¿Cómo me trato yo desde eso? ¿Qué espacio ocupa eso en mi vida y en mi identidad? ¿Qué cosas se quedan atrás cuando dejó la parte profesional a un lado? ¿Qué queda? ¿Quién soy y quién quiero ser?".

En este sentido, es necesario trabajar la gestión emocional, eso es abordar las emociones que nos vienen e identificarlas y decidir qué hacer con ellas. Además en el síndrome del impostor también ayuda abordar el diálogo interno y separarnos de esa voz, que me está diciendo en mi interior que soy un fraude, pues no significa que lo seamos.

Un ejemplo de ello son personalidades como el Premio Nobel de Física, Albert Einstein, y la Premio Nobel de Literatura, Alice Munro, quienes declararon haber padecido el síndrome del impostor en algún período de sus vidas, no obstante el elevado nivel de sus propios logros profesionales, pues el umbral de realización personal es distinto en cada uno de nosotros y la inseguridad es una sensación universal que todo ser humano ha atravesado o atravesará alguna vez en un algún momento de su vida.


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