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Introducción

El más importante símbolo ciudadano de Zaragoza a lo largo de los tiempos lo constituyó una esbelta torre mudéjar, la llamada por la ciudadanía Torre Nueva, que se alzaba en un angosto espacio junto a la iglesia de San Felipe, a escasos metros de la muralla romana de la ciudad. Tras una larga historia de admiración y cariño por la edificación, hasta mediados del siglo XIX, surgieron dudas sobre su estado y discrepancias sobre su permanencia.

La idea de su construcción se forjó el 22 de agosto de 1504, los jurados acordaron erigir una torre de reloj que sirviese para medir el tiempo en la ciudad. El rey Fernando el Católico aceptó el proyecto. La obra fue encargada al arquitecto Gabriel Gonvao y a los siguientes maestros: Juan de Sariñena, Ince de Gali, Ezmel Balladaz, y el Maestre Monferriz.

La construcción duró quince meses, se empleó para ello el ladrillo a cara vista sentado con aljez. La base era octogonal, tenía 45 pies de diámetro. El muro alcanzaba un espesor de 15 pies, la altura total de la torre era de 312 pies. Hasta diez pies del suelo la torre permanecía vertical, pero a partir de esa cota comenzaba a inclinarse hasta la altura de 210 pies, a partir de entonces recuperaba la verticalidad. Jaime Ferrer se encargó en 1512 de la fundición de dos campanas.

Costó la obra 4688 libras jaquesas y 10 sueldos. Para su ejecución se contó con los recursos de las sisas.

La torre tuvo una larga historia dorada de admiración, alcanzó destacado protagonismo durante los episodios de los sitios, al servir de atalaya desde la que podía controlarse el movimiento de las tropas francesas. Posteriormente los viajeros románticos escribieron sobre ella. Se publicaron multitud de grabados y cuando la técnica de la fotografía despertó aparecieron las primeras imágenes con el nuevo descubrimiento.

El 27 de diciembre de 1846, tras unos días de fuerte viento y hielos, sobrevino en la ciudad un fuerte temporal (los documentos hablan de tormenta) que produjo importantes desprendimientos de ladrillos y escombros. El duro clima zaragozano y la falta de un mantenimiento adecuado, fruto de la época, se encargó de dejar bastante maltrecha la edificación. Se fue creando, entre los vecinos próximos a la torre, un franco temor ante el riesgo de que pudiera desmoronarse, derivando en peticiones de derribo. El arquitecto municipal José de Yarza y Miñana, en 1860, llevó a cabo una intervención de refuerzo en el tramo inferior de la torre, trabajando en el interior y exterior de la misma. Pero su futuro no iba a quedar resuelto tras los trabajos de Yarza. No pasaron muchos años para que los agoreros volvieran a clamar por su derribo. Surgió una junta de personajes notables para intentar frenar su derribo, pero al final el 12 de febrero de 1892 el Ayuntamiento acordó el derribo de la torre, el acuerdo se publicó en el Boletín Oficial el 16 de julio de 1892. Durante un tiempo se abrió a los zaragozanos para que pudiesen contemplar la ciudad desde su mejor atalaya, hasta que la piqueta acabó con la edificación. Una vez desmoronada los ciudadanos pudieron adquirir ladrillos como recuerdo.