Cuento de Navidad: una escapada a Zaragoza.
Hicimos las maletas sin saber a dónde iríamos a pasar los días de fin de año. Los niños estaban tan ilusionados por la sorpresa, que se llevaron todo tipo de ropa, incluidos los bañadores. Les dijimos que tenían que coger ropa de invierno, ya que, aunque no sabíamos a donde viajaríamos, queríamos vivir el espíritu navideño en un destino cercano.
Un destino sorpresa.
A la salida del trabajo fuimos a buscarlos al colegio y nos dirigimos a la estación de Atocha, en busca del destino. Decididos y emocionados nos subimos al tren y pusimos rumbo al norte. En poco más de una hora nos bajamos del tren. Estábamos en Zaragoza. Al salir nos encontramos en un lugar tan grande e impresionante como frio. Aquella estación era enorme, la más grande que jamás haya visto.
Nos dirigimos al exterior y el frio del valle del Ebro nos puso en situación. Subimos al autobús nº 34 para llegar al centro de Zaragoza y durante el recorrido disfrutamos del paisaje nocturno de la ciudad. Conforme nos adentrábamos en las calles del centro histórico, la iluminación navideña inundaba de luz el interior del autobús.
Donde la Navidad es eterna.
Ya a pie, andamos por una preciosa calle peatonal donde parece que la Navidad es eterna. Su nombre es Alfonso y sus caminantes son toda la ciudad: niños, familias, jóvenes, músicos callejeros, mayores, turistas. Desde la calle del Coso y hasta donde alcanza la vista (me pareció ver la Basílica de fondo) un precioso manto de luces cubría el trazado de la calle Alfonso, iluminando las preciosas fachadas del casco histórico.
Aquella calle era el espíritu de toda la ciudad: la alegría y la cercanía de los zaragozanos. La calidez de su ambiente se acompañaba de luminosos y variados escaparates, terrazas de cafés entrañables, villancicos y centros florales en las farolas y diferentes idiomas en la calle.
El espíritu navideño
Llegamos al final de la calle y admiramos deslumbrados la gran plaza del Pilar. Los niños estaban deseando ver el Belén de Zaragoza. Nuestra sorpresa cuando llegamos fue encontrarnos dentro de un verdadero cuento de Navidad. Toda la plaza había sido inundada por el espíritu navideño. Paseamos entre las casitas de madera del mercado de la muestra navideña. Entre los puestos encontramos ricos turrones, artesanía y especialidades. El chocolate artesano fue una delicia para nosotros, al tiempo que los niños disfrutaban de la aldea de Papá Noel.
Escribimos nuestro deseo para el próximo año en el árbol de los deseos y nos dirigimos al Belén gigante, situado en el centro de la plaza. Los niños estaban fascinados por las figuras y el realismo del montaje. ¡Los animales, los paisajes, los edificios, etc. todo era tan realista!
A la salida, estábamos cansados, pero aún nos quedaba ánimo para seguir y los niños lo agradecieron, pues aún no habían montado en la pista de trineos y tampoco querían perderse la música y el ambiente de la pista de patinaje sobre hielo.
Terminar con un dulce
Terminamos nuestro día en Zaragoza con un dulce. ¡Pudiendo disfrutar del chocolate y las galletas artesanas quien quiere cenar! Volvimos a las casitas en busca de un chocolate caliente, un gofre y un recuerdo navideño de este día tan especial.
Tras nuestros días en Zaragoza, y ya de regreso a casa a bordo del tren, los niños sueñan con volver el año que viene.

