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Sisenando

¿? - 12 de marzo de 636

El breve reinado de Sisenando se inicia, como otros muchos en la historia del reino visigodo de Toledo, en un golpe de Estado contra el monarca reinante, en este caso Suintila. Éste había desarrollado en los cinco últimos años de su reinado una política marcada por la lucha contra la nobleza y el alto clero, que fueron privados de gran parte de sus riquezas y tierras. Si bien esta política le procuró un gran apoyo popular le privó del apoyo económico y militar que aportaban las élites sociales, unidas frente al monarca en continuas conjuras y levantamientos, especialmente frecuentes en la provincia Narbonense, fronteriza con el reino de los francos y por lo tanto dotada de un mayor poderío militar.
El duque encargado del gobierno de esta provincia, Sisenando participó hacia finales del año 630 en una de estas conjuras nobiliarias contra el monarca, aglutinada en torno a su familia, una de las más importantes de la Septimania. De inmediato comenzó a reclutar un potente ejército a la vez que buscaba el apoyo del rey franco de Neustria, Dagoberto. Al parecer, Sisenando en persona se desplazó a París para buscar el apoyo de los francos, y para ayudar a impresionar y persuadir a Dagoberto, envió como presente una de las piezas más importantes del tesoro visigodo: una bandeja de oro de quinientas libras de peso que el general romano Aecio había entregado al rey Turismundo en agradecimiento por el apoyo visigodo en la victoria de los Campos Catalaúnicos (año 452) contra el ejército de Atila. Sisenando además ofreció una expléndida corona de oro que, posteriormente, fue sustituída por el pago de 200.000 sueldos de oro. Sin embargo, parece más lógico pensar que el apoyo de los francos a la revuelta de Sisenando formara parte de un plan para fortalecer su posición en toda el área pirenaica.
La oferta de Sisenando convenció al rey franco, que envió en su apoyo un ejército reclutado en territorio burgundio, bajo el mando de los generales Abuncio y Venerando.

La principal plaza fuerte del norte peninsular seguía siendo Zaragoza, por lo que el ejército franco-visigodo partió de Tolosa en 631 y se dirigió hacia allí a través del puerto de Palo, llegando a Jaca y siguiendo el cauce del rio Gállego. Para hacer frente a esta ejército, Suintila se resguardó en la ciudad con un ejército mermado por el escaso apoyo y deserciones de la nobleza, entre ellas la de su propio hermano Geila. Tras la llegada de Sisenando a Zaragoza, la deserción de sus tropas sin presentar combate obligó a Suintila a entregarse junto a su familia. Se desconocen aún las causas por las que Suintila no presentó combate en campo abierto, quizás por la debilidad de su ejército y la confianza en la fortaleza de las murallas de la ciudad. Las tropas de Suintila abrieron las puertas de Zaragoza a Sisenando, que, posiblemente el 6 de marzo de 631, fue proclamado rey allí mismo con el apoyo del ejército franco. Tras el regreso de los francos a su lugar de origen, Sisenando se dirigió a Toledo, donde su coronación fue ratificada por la nobleza. Suintila fue privado de sus bienes e inhabilitado para reinar, siendo además excomulgado y obligado a ingresar en un convento, donde moriría nueve años más tarde.

Sisenando había contado con grandes apoyos a su revuelta entre la nobleza del norte peninsular, la más afectada por las medidas de Suintila, y la rapidez de su acción militar ayudó al pronto control de este territorio. Sin embargo, tras su ratificación como monarca, Sisenando se vió obligado a combatir varias revueltas en apoyo de Suintila, que aún contaba con partidarios en el sur de la Península, donde las victorias contra los bizantinos le habían proporcionado importantes apoyos sociopolíticos. Una de estas revueltas fue encabezada por Geila, hermano de Suintila que traicionó a Sisenando después de pasarse a su bando. Una segunda revuelta es la atestiguada por monedas de oro acuñadas en Mérida e Iliberris a nombre del rey Iudila, que habría sido proclamado en algún lugar del sur en el año 632. Finalmente Sisenando pudo aplastar estas rebeliones con el apoyo de la nobleza local, donde contaba también con firmes partidarios como el prestigioso obispo Isidoro de Sevilla.

Una vez pacificado el territorio bajo su mando, el 5 de diciembre del año 633, Sisenando convocó una gran reunión de la nobleza laica y eclasiástica en la que legitimar definitivamente su poder. A este concilio general, el IV Concilio de Toledo, acudieron sesenta y ocho obispos de toda España, reunidos bajo la dirección de San Isidoro de Sevilla en la basílica de Santa Leocadia de Toledo. El principal motivo de este congreso, aparte de confirmar que la llegada al trono de Sisenando se había producido de forma justa y necesaria, ante los demanes de su predecesor, fue poner fin a las continuas revueltas y luchas internas entre la nobleza visigoda, y para ello se intentó reglamentar la sucesión al trono de forma que las discordias al respecto fuesen mínimas. Así, el concilio propuso que a la muerte del soberano, su sucesor fuese elegido de común acuerdo por todos los obispos y nobles, y una vez nombrado, todos los súbditos habrían de prestar juramento de fidelidad al mismo. Este juramento de fidelidad, reforzado por la unión real que afirmaba el carácter sagrado de la monarquía, obligaba también a los monarcas a limitar su actuación por el contenido de la ley.

Hay pocos datos sobre los últimos años del reinado de Sisenando, por lo que es de suponer que se prolongó de forma tranquila, dentro de los límites marcados por el Concilio de Toledo, hasta su fallecimiento, por causas naturales, el 12 de marzo del año 636 en Toledo.

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