Santa Isabel (Reina de Portugal)
Santa Isabel de Portugal, en Aragón. En Portugal, la reina santa o Santa Isabel de Aragón. Así se la conoce, a esta mujer, nacida hacia 1270 en el castillo de la Aljafería y muerta en Estremoz, en su reino de Portugal, el 4 de julio de 1336. Hija de Pedro III y de la princesa Constanza de Sicilia, nieta amada del rey Jaime I el Conquistador, biznieta del emperador Federico II de Alemania. Le pusieron Isabel en nombre de su tía abuela Santa Isabel de Hungría. A los 15 años sus padres la casan con el culto e infidelísimo seductor rey de Portugal Dionisio, en razón de los equilibrios políticos, y en el sitio de Trancoso, el 26 de junio de 1282.
Santa Isabel tuvo la dicha que su familia se esmerara extremadamente en formarla lo mejor posible en su niñez. Desde muy niña tenía una notable inclinación hacia la piedad, y un gusto especial por imitar los buenos ejemplos que leía en las vidas de los santos o que observaba en las vidas de las personas buenas. En su casa le enseñaron que si quería en verdad agradar a Dios debía unir a su oración, la mortificación de sus gustos y caprichos y esforzarse por evitar todo aquello que la pudiera inclinar hacia el pecado. Le repetían la frase antigua: "tanta mayor libertad de espíritu tendrás, cuanto menos deseos de cosas inútiles o dañosas tengas". Sus educadores le enseñaron que una mortificación muy formativa es acostumbrarse a no comer nada entre horas (o sea entre comida y comida), y soportar con paciencia que no se cumplan los propios deseos, y esmerarse cada día por no amargarle ni complicarle la vida a los demás. Dicen sus biógrafos que la formidable santidad que demostró más tarde se debe en gran parte a la esmerada educación que ella recibió en su niñez.
Vivió la amargura de las intrigas palaciegas y enfrentamientos familiares. Lo hizo, a decir de sus biógrafos, con dignidad y paciencia, refugiándose en una piedad religiosa intensa y en la atención a los pobres. Pero coherente con su posición de reina, hija, hermana, madre y abuela de reyes, no se abstuvo de intervenir en los conflictos cuando fue necesario.
Isabel dio dos hijos al rey, Constanza y Alfonso. Aunque Dionisio tuvo otros seis hijos bastardos. El primero de éstos últimos, Alfonso Sánchez, despertó los recelos del heredero legítimo de la corona, quien creía que su padre favorecería al hermano. El primogenito de Isabel pretendió que el rey le cediese de inmediato sus derechos y se le enfrentó militarmente intentando tomar Lisboa. La reina cruzó el campo de batalla entre hijo y padre, habló con aquel, consiguió una tregua. Pero el hijo se apropió de sus señoríos de Leiría y Sintra, y el padre que la creyó cómplice del hijo la encerró en Alenquer y la desposeyó de algunas riquezas.
El delicado entramado que componía el tapiz dinástico y la expansión territorial de los reinos cristianos en toda la Península Ibérica, llevó a Isabel de Portugal a intervenir también en la política castellana y aragonesa. Con ayuda de su marido consiguió avenir a los reyes Jaime II de Aragón, hermano suyo, y Fernando IV de Castilla, su yerno, en las paces de Campillo resueltas en 1304, por las que la Corona de Aragón adquirió las tierras de Alicante.
Tuvo dos hijos, Alfonso, que será rey de Portugal, sucesor de su padre, y Constancia (futura reina de Castilla). Pero Alfonso dio muestras desde muy joven de poseer un carácter violento y rebelde. Y en parte, esta rebeldía se debía a las preferencias que su padre demostraba por sus hijos naturales. En dos ocasiones Alfonso promovió la guerra civil en su país y se declaró contra su propio padre. Isabel trabajó hasta lo increíble, con su bondad, su amabilidad y su extraordinaria capacidad de sacrificio y su poder de convicción, hasta que obtuvo que el hijo y el padre hicieran las paces. Lo grave era que los partidos políticos hacían todo lo más posible para poder enemistar al rey Dionisio y su hijo Alfonso.
Cuando el rey Dionisio falleció, la reina Isabel, con Portugal en relativa paz, se retiró al convento de Coimbra, que ella misma había fundado, pero donde no pudo morir. Se desplomó bajo el sol de Estremoz cuando acudía a conciliar a su hijo, el rey Alfonso, y a su nieto, Alfonso XI, rey de Castilla (descendiente de su hija Constanza). La disputa era por el honor de su también nieta, María, hija del rey portugués y esposa del castellano, y a quien éste había repudiado. La enterraron días más tarde, el doce de julio de 1336, en Coimbra.
Su cuerpo permanecía incorrupto tres siglos después, cuando abrieron su tumba, de la que exhalaba un aroma a maderas, sándalo y rosas. Rosas como las que aparecieron entre sus manos, aquel día en que acudía a auxiliar a los pobres con unas cuantas monedas ocultas en su falda vuelta y la sorprendió su marido, que quiso saber lo que portaba en el alda. Rosas, contestó Isabel, y rosas enseñó al rey. Santa Isabel de Portugal fue canonizada el 25 de abril de 1625 por el papa urbano VIII y su cuerpo se puede venerar en el convento de las Clarisas en Coimbra.

