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Zaragoza ciudad multicultural

Autor: José Luis Corral

Pocas ciudades han tenido la fortuna de sumar una tan gran variedad de culturas como Zaragoza. Su ubicación en el centro del valle del Ebro ha propiciado que desde la prehistoria haya sido lugar de cruce de caminos y de encuentros seculares. Ciudad abierta, su historia ha sido forjada con las aportaciones de diversas culturas, etnias y religiones.
La historia de Zaragoza y su propio desarrollo presentan un perfil netamente mestizo, multicultural e incluso, en algunos periodos de su historia, multilingüe.

Sus origenes ibéricos fueron pronto cubiertos por la romanización; la vieja Salduie dejó paso a la colonia Cesaraugusta en los últimos años del siglo I a. de C. y dos culturas se fusionaron: la ibérica y la latina. La población de la colonia se configuró con los indígenas romanizados, gentes que ya se habían romanizado, y los nuevos colonos, la mayoria de ellos veteranos soldados licenciados de las legiones IV Macedónica, VI Victrix y X Gémina.

La penetración de los visigodos en la peninsula Ibérica se produjo a principios del siglo V, siguiendo a los pueblos bárbaros de suevos, vándalos y alanos, que lo había hecho unos años antes. Los visigodos se establecieron en Zaragoza, una de las ciudades que mejor habían soportado la crisis del Bajo Imperio, y establecieron en ella una de sus principales bases de operaciones. Pero la población goda no fue muy numerosa y apenas se notó en la cultura zaragozana, que siguió anclada en la transformación de la civilización romana.
En esta época ya había algunos judíos, que debieron llegar a Zaragoza poco después de la diáspora del año 70. Al principio no debían de ser muchos, pero crecieron lo suficiente como para establecer una comunidad que será muy floreciente durante toda la Edad Media.

Por el contrario, la llegada de los musulmanes en la primavera del año 714 significó un cambio sustancial en la cultura urbana y una abundante aportación demográfica. A la sociedad romanizada integrada por latinos e indígenas, ya muy mezclados tras varias generaciones de convivencia, más los escasos contingentes que aportaron los godos, los musulmanes añadieron un nuevo caudal demográfico y una nueva cultura. Pero los musulmanes no solo aportaban una religión, traían también nuevas formas artísticas, nuevos esquemas culturales y una nueva lengua.
El hecho de que los musulmanes no conquistaran Zaragoza, sino que la ocuparan pacíficamente, y el que los hispanogodos no opusieran ninguna resistencia, contribuyó a un más rápido acercamiento entre ambas partes; la entrega de la ciudad a los nuevos señores se realizó a cambio de paz y de protección, y tal vez por la seguridad que ofrecían ante la descomposición del estado Visigodo. .
Los musulmanes no conquistaron Zaragoza "a sangre y fuego", como falsamente se representaba en algunas láminas históricas del siglo XIX, sino que pactaron con sus habitantes la entrega de la urbe a cambio de paz y protección.
Pero los musulmanes, aunque profesaban una misma religión, no pertenecían a la misma etnia. Entre ellos había bereberes norteafricanos de raza mediterránea que se habían convertido al islam en los últimos dos decenios del siglo VII, árabes del sur, originarios de las fértiles tierras del Yemen, sobre todo pertenecientes al linaje de los Tuyibíes, y árabes del norte, de las ciudades caravaneras de los oasis y de las tribus beduinas del desierto, todos ellos de raza semita.
La inmensa mayoria de los contingentes árabes era del sexo masculino, por lo que la mezcla de razas se produjo en primera generación, al casarse estos varones con mujeres indígenas, lo que no había ocurrido con los visigodos, para los que durante mucho tiempo estuvieron prohibidos los matrimonios mixtos.

Entre los siglos VIII y IX, buena parte de los zaragozanos se fue convirtiendo al islam, aunque algunos grupos de cristianos y de judíos decidieron mantener su religión y siguieron rezando libremente en sus iglesias y sinagogas. Por primera vez, y durante toda la Edad Media será así, en Zaragoza convivirán la tres grandes culturas y las tres grandes religiones monoteístas: musulmanes, cristianos y judíos.
En sus plazas y calles convivían estas tres comunidades religiosas (musulmanes, judíos y cristianos), cada una con sus templos, cada grupo con sus propias creencias religiosas, sus modas y sus costumbres, pero todos ellos dentro de los límites de la misma muralla protectora.
Aunque a veces se produjeron conversiones, sobre todo de cristianos (especialmente abundantes en los siglos VIII y IX) y de judíos al islam, a mediados el siglo X las tres comunidades estaban bastante consolidadas, y las nuevas conversiones fueron escasas, y casi siempre por motivos políticos.

La convivencia multicultural propició algunos problemas entre las tres comunidades, pero también entre los miembros de una misma religión. No faltaron las ocasiones en las que las luchas por el poder político eclipsaron los brotes de violencia y de enfrentamientos religiosos.

El siglo XI, el último de dominio musulmán, es quizás el que presenta una mayor estabilidad, aunque siguió habiendo algunos enfrentamientos entre mozárabes y musulmanes sobre todo. Pero fue también esa centuria cuando Zaragoza ofreció una mayor estabilidad y respeto a las minorías. En efecto, convertida en capital de un reino taifa, los reyes de Zaragoza actuaron como mecenas culturales y como protectores de gentes perseguidas en otras partes de al-Andalus, que encontraron en esta ciudad la protección y el refugio que en otras partes se les negaba. Intelectuales acosados a causa de sus ideas políticas o religiosas en Córdoba, Málaga o Toledo, encontraron cobijo en Zaragoza.
Las décadas de la segunda mitad del siglo XI fueron extraordinarias: la capital del Ebro era la última gran frontera del islam, pero a pesar de ello judíos, cristianos y musulmanes convivían de tal modo que sus soberanos no tuvieron ningún problema para nombrar a judíos como grandes visires del reino o en encomendar a algunos cristianos importantes tareas en la administración.

Hubo un tiempo, entre los siglos VIII y XI, en que los musulmanes rezaban a Alá en su mezquita mayor y en las de los barrios y arrabales, los cristianos rogaban a Dios en las iglesias de Santa María y de las Santas Masas y los judíos oraban a Yahvé en sus sinagogas; fue una época única, una especie de gran paréntesis en la secular historia de la intransigencia étnica y religiosa, pero fue real.
Tan real que a la vez que el musulmán Avempace escribía su obra "El tratado de la unión del Intelecto con el hombre", el judío Ibn Paquda hacía lo propio con su libro "Los deberes de los corazones". Algunos de los textos que aquellos intelectuales zaragozanos del siglo XI escribieron para la eternidad reflejan esa idea de convivencia y tolerancia: "Por lo que respecta a los deberes de los corazones, todos ellos se fundamentan en la razón", escribió Ibn Paquda. Cada una de sus líneas emana tolerancia y respeto por las creencias ajenas, como un esperanzado canto por la cultura y por la paz.
Todavía en el año 1110 llegaron algunos contingentes norteafricanos, en concreto algunos grupos bereberes, con los almorávides que habían invadido la Península quince años antes, pero su aportación fue muy escasa ya que sólo ocho años después todo cambió de nuevo.

La conquista cristiana de 1118 supuso un nuevo y profundo cambio en la cultura de Zaragoza y en la composición de su población. Los cristianos conquistadores ocuparon el espacio de la vieja medina islámica, recluyendo a los musulmanes que quedaron, los mudéjares, al espacio de uno de los arrabales, en tanto los judíos se mantuvieron en su barrio tradicional.
Los nuevos pobladores cristianos configuraban un variado mosaico de vascos, navarros, aragoneses, aquitanos, bearneses y catalanes. A lo largo de la Baja Edad Media siguieron llegando más contingentes europeos, entre ellos castellanos, algunos italianos, y también esclavos africanos e incluso algunos tártaros.

En 1492 fueron expulsados los judíos, pero una parte de ellos ya se había convertido al cristianismo a lo largo del siglo XV, mezclándose con algunas familias de la oligarquía urbana. Y en 1525 fueron obligados a bautizarse los mudéjares, aunque mantuvieron de forma criptica sus creencias islámicas hasta la expulsión definitiva en 1610.
El vacío dejado por la expulsión de los judíos y de los moriscos fue llenado por inmigrantes catalanes, algunos italianos y sobre todo franceses, en tanta cantidad que en el siglo XVII se decía que uno de cada cuatro zaragozanos era de origen galo.
A mediados del siglo XIX la ciudad comenzó un lento proceso de industrialización que atrajo inmigrantes castellanos y del resto de la región aragonesa. La proliferación de nuevos servicios (comercios, universidad, institutos, bancos...) atrajo nuevos pobladores y la población zaragozana creció gracias a los inmigrantes.

El siglo XX ha contemplado una nueva proliferación de inmigrantes que han hecho de Zaragoza una ciudad abierta y multicultural. Vascos, navarros, sorianos, castellano-manchegos e incluso algunos catalanes han enriquecido la ya variada proliferación de gentes de diversas procedencias que han ido configurando la composición demográfica de Zaragoza.
En los últimos años del siglo XX y primeros del XXI Zaragoza ha acogido a numerosos inmigrantes africanos (magrebíes y subsaharianos), americanos (peruanos, ecuatorianos y argentinos), europeos (polacos, rumanos y yugoslavos) que han equilibrado la disminución del índice de natalidad y la caída demográfica.

La Zaragoza del siglo XXI es un ejemplo vivo de realidad multicultural y multiétnica, un reflejo de lo que ha sido su historia bimilenaria, trazada a partir de diversas civilizaciones, culturas, religiones, filosofias e ideologías que han forjado, pese a algunos periodos de intransigencia y persecuciones, la imagen de una ciudad en la que es posible la convivencia entre gentes diversas que pertenecen a razas distintas, practican religiones diferentes y tienen variadas ideologías.