Zaragoza y las Exposiciones
Nunca hasta entonces se habían visto en Zaragoza cambios tan extraordinarios. Desde la tarde del día 1º de agosto de 1861, en que llegó el primer tren a la ciudad, los acontecimientos se habían precipitado de manera vertiginosa y los zaragozanos hubieron de acostumbrarse a los tranvías, el cine, el telégrafo, el teléfono, los automóviles, la luz eléctrica? Cincuenta años apasionantes, casi mágicos que culminarían cuando el otoñal 5 de diciembre de 1908 se clausurase la Exposición Hispano-Francesa. Zaragoza cruzaba definitivamente el umbral del siglo XX.
Se cumplía así el sueño de la burguesía comercial e industrial local, de convertir Zaragoza en una ciudad moderna, a la altura de las más adelantadas del país. Había heredado una población arrasada por la guerra y sin aspiraciones de futuro y la proyectaba hacia adelante con fuerza.
Una de las principales herramientas de las que se sirvió esta burguesía zaragozana para transformar la ciudad fue la organización de las tres grandes exposiciones en los años 1868, 1885 y 1908. Las tres, con su desigual éxito, constituyeron hitos en el origen y consolidación de la nueva Zaragoza.
El carácter general de las exposiciones, que abarcaron no sólo todos los ramos de la producción, desde la agricultura a la industria, sino también el comercio, los transportes, la ciencia y el arte, supuso un influjo igualmente de amplio espectro en la vida de la ciudad. El espíritu regeneracionista de las mentes más lúcidas del panorama local se materializaba en un salto cualitativo en todos los órdenes.
El caso zaragozano no constituyó ninguna excepción. Las grandes exposiciones son un fenómeno medular en el proceso de modernización ligado a la revolución industrial. Motor y consecuencia, a un tiempo, de los avances científicos, técnicos y culturales que se suceden desde la segunda mitad del siglo XVIII, fueron acontecimientos de honda repercusión social.
Siempre se cita como origen de este tipo de certámenes la primera Exposición Universal que se organizó en el Hide Park de Londres en 1851 bajo el lema Gran exposición industrial de todas las naciones, pero no debe olvidarse que ya en 1757 se había celebrado, también en la capital inglesa, una muestra mucho más modesta que reunía los avances en los terrenos productivo, comercial y artístico.
La sucesión de grandes exposiciones en el periodo contemporáneo resulta inabarcable. Sólo la relación de las muestras universales resulta agotadora y la nómina de las internacionales, nacionales o regionales es prácticamente infinita. Pero entre todas ellas hubo algunas con una trascendencia excepcional: desde la aludida de Londres en 1851, a la que seguiría otra en 1862, Viena en 1873, Chicago en 1893 y, sobre todo, las de París en 1855, 1867, 1878, 1889 y 1900.
En el caso zaragozano, las organizadas en la capital francesa habrían de tener una influencia de gran calado. Aunque hubo participantes y visitantes aragoneses en todas las grandes exposiciones, la relativa proximidad geográfica de París hizo que en sus muestras la presencia de profesionales, intelectuales y periodistas de la región fuera más numerosa. La prensa diaria recogía reseñas del desarrollo de los certámenes y de las novedades que se exponían, respondiendo al interés del público lector.
La organización de grandes exposiciones en Zaragoza surgió en este contexto de interés y convencimiento, por parte de sus clases sociales más activas, de que su celebración habría de reportar, en todos los órdenes, grandes beneficios a la ciudad. El año 1867 se producen dos hechos que prueban la gestación de un ambiente favorable a la celebración de este tipo de muestras.
El primero es la celebración en el Ateneo Zaragozano de una exposición de productos agrícolas, industriales y artísticos, que se prolongó entre el 3 de marzo y el 10 de noviembre de 1867, y que se puede considerar antecedente directo de la primera Exposición Aragonesa del año siguiente.
El segundo acontecimiento es la nutrida participación aragonesa en la Exposición Universal de París de 1867. Nada menos que noventa y cinco expositores procedían de las tres provincias aragonesas. La mayor parte de ellos presentaban productos agrícolas, pero no faltaban tampoco los de industrias extractivas y de transformación. Junto a ellos, estuvieron presentes el pintor Bernardino Montañés y el pedagogo Valentín Zabala quien, como haría un año después en Zaragoza, presentó su Sistema Universal de Enseñanza.
En la Exposición Universal de 1867 un jovencísimo Joaquín Costa, en condición de obrero pensionado, vivió durante meses una experiencia clave en su evolución ideológica e intelectual. De su paso por París dejaría constancia en varios escritos, entre los que destacó Ideas apuntadas en la Exposición Universal de 1867 para España y para Huesca que, como el trabajo de Zabala, también se presentaría en la Exposición Aragonesa de 1868. La influencia del pensamiento de Costa estará presente en las exposiciones celebradas en Zaragoza hasta la Hispano-Francesa de 1908 donde algunos de sus seguidores, encabezados por Basilio Paraíso, modelarían un certamen concebido a partir de las ideas de regeneración económica, social e intelectual.
Exposición Aragonesa de 1868
El día 27 de septiembre de 1867, cuando todavía permanecen abiertas tanto la exposición del Ateneo de Zaragoza como la Universal de París, la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País, comenzó a preparar la celebración de la primera Exposición Aragonesa. En aquella sesión se decidió, además, formar una comisión para poner en conocimiento de las instituciones locales la iniciativa así como informarse de la organización de este tipo de certámenes.
Entre los promotores de la idea destacaban el director de la Real Sociedad, Alberto Urries y Bucarelli, Mariano Royo y Antonio Candalija.
El día 21 de noviembre siguiente la institución aprobó las Bases por las que había de regirse el certamen. En líneas generales, en ellas se establecía que la exposición se inauguraría el 15 de septiembre y se clausuraría el 31 de octubre de 1868. Estaba abierta a expositores venidos tanto desde cualquier punto de España como del extranjero, aunque las mismas bases dejaban constancia de la preferencia por los participantes aragoneses. Así mismo, se establecía la concesión de premios y distinciones, y se manifestaba la invitación a la reina Isabel II para que fuera la encargada de la entrega de los mismos.
La Exposición Aragonesa quedaba organizada en cinco divisiones: Ciencia, Artes Liberales, Minerales y Productos Químicos, Agricultura e Industria.
La propuesta de la Sociedad Económica fue remitida al Ayuntamiento y Diputación Provincial de Zaragoza el 23 de noviembre. Tras su aprobación por parte de ambas instituciones, el 3 de febrero de 1868, se constituyó la Junta Directiva de la Exposición integrada por representantes de la Sociedad Económica, Ayuntamiento, Diputación, así como senadores y diputados a Cortes por la provincia.
La capacidad de organización de la Junta Directiva fue puesta a prueba por el corto espacio de tiempo del que se disponía teniendo en cuenta la ambición del proyecto. En unos meses se debía convocar al mayor número posible de participantes, reunir una gran cantidad de productos de muy diferente naturaleza y acogerlos en un recinto nuevo levantado para la ocasión.
El lugar elegido para celebrar la exposición fue la Glorieta de Pignatelli, la actual plaza de Aragón. La elección no pudo ser más acertada. El paseo de la Independencia estaba destinado a ser el eje de la futura expansión de la ciudad hacia el sur. Sin embargo, después de décadas desde su trazado, el paseo progresaba con dificultad y era visto por muchos zaragozanos como un lugar periférico. La exposición sería la ocasión perfecta para romper esta percepción e incorporar definitivamente la glorieta y el paseo al paisaje urbano, acelerando su proceso de urbanización.
El recinto, de trazado irregular, se abría al paseo de la Independencia y se organizaba en torno al monumento a Pignatelli. En uno de sus laterales se levantó el Palacio de la Exposición, un gran edificio de planta rectangular con cuatro grandes patios en su interior. El encargado de su diseño y construcción fue el arquitecto Mariano Utrilla quien, además, fue uno de los máximos impulsores del certamen desde su condición de miembro de la Sociedad Económica.
En el Palacio de la Exposición, Utrilla se enfrentó al reto de construir un inmueble amplio -con más de cinco mil metros cuadrados- y flexible, para poder albergar una gran cantidad de objetos de muy diverso carácter; y hacerlo con un presupuesto máximo de 800.000 reales vellón, en un plazo aproximado de tres meses. El resultado fue un imponente edificio de líneas historicistas sorprendentemente construido entre finales de mayo y comienzos de septiembre de 1868.
El resto de las construcciones levantadas con motivo del certamen eran mucho modestas desde el punto de vista arquitectónico, ya sea el arco de entrada, de trazo en herradura, los tres pabellones de maquinaria, el pabellón de industria, el café-restaurante o el edificio de la Junta y Jurado, además de los servicios complementarios.
En su conjunto, el recinto de la Exposición de 1868 resultó amplio y adecuado a los objetivos de la muestra, brillando especialmente cuando el 15 de septiembre, según lo previsto, las principales autoridades locales se reunieron para su inauguración.
Todos podían sentirse orgullosos de la entidad del certamen. Nada menos que 3.028 expositores mostraban 10.632 objetos distribuidos por divisiones de la siguiente manera:
| Divisiones | Exposiciones | Objetos |
|---|---|---|
| Ciencias | Ciencias | Ciencias |
| Artes liberales | 371 | 1.068 |
| Materiales e Industrias Químicas | 172 | 1.043 |
| Agricultura | 1.339 | 4.217 |
| Industria | 951 | 3.323 |
El peso de la muestra agrícola fue muy importante en el conjunto de la Exposición como reflejo de la estructura económica aragonesa, y por extensión española, del momento. Sin embargo, llama la atención la fuerte presencia de expositores industriales que prueban no sólo el inicio de una transformación económica imparable sino, sobre todo, el especial interés de la burguesía industrial por presentarse en este tipo de certámenes, que constituían el principal escaparate para dar a conocer sus productos. Incluso más significativo es el dato de que 295 de los participantes industriales, más de un 30% del total, provenían de la provincia de Zaragoza.
Y es que, aunque la exposición llevó el calificativo de Aragonesa, la procedencia de los participantes fue muy variada, incluyendo también los que provenían de otros puntos de España e incluso de Europa. El reparto geográfico fue éste:
| Origen de los expositores | Número |
|---|---|
| Aragón | |
| Zaragoza | 935 |
| Huesca | 261 |
| Teruel | 104 |
| Total Aragón | 1.300 |
| Resto de España | |
| Andalucía | 29 |
| Baleares | 1 |
| Barcelona | 291 |
| Burgos | 142 |
| Canarias | 9 |
| Castillas La Nueva | 32 |
| Castilla La Vieja | 26 |
| Cataluña (excepto Barcelona) | 39 |
| Extremadura | 9 |
| Galicia | 6 |
| León | 35 |
| Madrid | 99 |
| Murcia | 3 |
| País Valenciano | 166 |
| País Vasco | 54 |
| Navarra | 45 |
| Soria | 19 |
| Europa | |
| Austria | 4 |
| Francia | 141 |
| Inglaterra | 1 |
| Rusia | 1 |
La coincidencia de expositores de tan diversa procedencia fue una gran novedad en Zaragoza y la ocasión perfecta para conocer nuevos avances técnicos y productivos. Pero no sólo eso. Como toda gran exposición, la de 1868 guardó un importante espacio al terreno artístico y cultural. En la sección de Artes Liberales se presentó una interesante muestra de pintura entre la que destacaban los nombres propios del aragonés Francisco Pradilla, por entonces en la cumbre de su carrera, y Eduardo Rosales que presentó su cuadro Doña Blanca de Navarra.
Aunque también resultaron interesantes las muestras de escultura y arquitectura, en la que sobresalió el zaragozano Fernando de Yarza, lo que más hubo de llamar la atención de los visitantes en esta sección de Artes Liberales fue la exposición de fotografías, por entonces toda una novedad a medio camino entre la ciencia y la curiosidad. Algunos de los pioneros de la fotografía en Aragón estuvieron presentes, como Mariano Júdez Ortiz y José Requena López.
Mención muy singular mereció la participación de nombres señeros de la cultura aragonesa como el ya citado pedagogo Valentín Zabala, el botánico turolense Francisco Loscos y Bernal, que presentó Serie imperfecta de las plantas aragonesas espontáneas y el propio Joaquín Costa quien, apenas unos meses después de su estancia parisina, dio a conocer su Ideas apuntadas en la Exposición Universal de 1867.
En resumen, la Exposición Aragonesa de 1868 se constituyó, gracias al esfuerzo de sus promotores, en un auténtico panorama de la economía, el arte y la cultura del momento. Una ocasión única para aprender y darse a conocer, para compartir y mostrar. Por desgracia, los acontecimientos políticos vinieron a truncar buena parte de las ilusiones puestas en la celebración de la muestra. El 18 de septiembre, tres días después de abrirse el certamen, se produjo el golpe de estado que dará lugar a la revolución conocida como La Gloriosa encabezada por el general Serrano.
Fueron momentos difíciles y, sobre todo, de enorme incertidumbre política que sólo remitiría tras el exilio de la reina Isabel II y la formación del gobierno presidido por el propio general Serrano. Aunque el 11 de octubre la Exposición Aragonesa reabrió sus puertas hasta su clausura a comienzos del mes de noviembre -e incluso llegó a celebrarse una segunda etapa durante el año 1869-, el ambiente social había cambiado y las miradas estaban puestas en otro lado.
El último acto de la I Exposición Aragonesa se retrasó hasta el 27 de septiembre de 1871, fecha en la que el rey Amadeo de Saboya realizó la entrega de distinciones a los premiados en la muestra, en solemne sesión desarrollada en los salones de la Universidad Literaria de la plaza de la Magdalena.
Exposición Aragonesa de 1885
Los avatares por los que hubo de atravesar la Exposición de 1868 no hicieron decaer el interés de la sociedad zaragozana por este tipo de certámenes, conscientes de los beneficios que podían reportar al desarrollo de la ciudad. Sólo así se explica que desde 1879 se comenzase a plantear la oportunidad de organizar una nueva muestra, incluso más ambiciosa en cuanto a sus planteamientos y volumen.
De nuevo fue la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País la institución que tomó la iniciativa. Su presidente, el abogado y político Desiderio de la Escosura, tenía ya experiencia personal en la organización de exposiciones puesto que había sido el principal promotor de la Exposición de 1867 en el Ateneo y había intervenido también en la de 1868.
De su experiencia, Escosura aportó un proceso de organización menos precipitado que el del certamen precedente, y una ampliación del abanico expositivo. Además, también se vio beneficiado por un buen clima social y un mejor conocimiento de lo que suponía organizar una gran muestra de cara a obtener el apoyo de las instituciones locales.
Una de sus decisiones más acertadas, en la que resulta evidente la colaboración municipal, fue que la Exposición no se alojara en un recinto construido para la ocasión, sino en el nuevo matadero municipal que se estaba ultimando en la carretera del Bajo Aragón, actual calle de Miguel Servet. La oportunidad era única puesto que el magnífico complejo constructivo levantado bajo la dirección del arquitecto municipal Ricardo Magdalena Tabuenca, resultaba de lo más adecuado para su empleo como pabellones expositivos. Por otro lado, el Consistorio podría mostrar así al público el nuevo matadero tras una lenta y dificultosa década de construcción.
Una gran plaza central permitía una fácil distribución peatonal hacia las tres imponentes naves de planta basilical. Estas, amplias y diáfanas permitían una planificación flexible de la distribución de los expositores. Además, los edificios administrativos solucionaban la ubicación de oficinas e instalaciones auxiliares.
En cuanto a la estructura del certamen, se decidió dividir la muestra en seis secciones: Ciencias, Artes Liberales, Agricultura, Industrias Mecánicas, Industrias Químicas e Industrias Extractivas. El esquema era el habitual de este tipo de exposiciones y similar a la del año 1868, pero con la significativa ampliación a tres divisiones industriales frente a las dos del anterior certamen.
Por último, se quiso ampliar la procedencia de los expositores animando a una mayor participación de los nacionales e internacionales. El resultado fue que el número superó los 1.300, encontrándose entre ellos algunos llegados desde Inglaterra, Estados Unidos, Italia, Francia, Irlanda, Suiza, Austria, Irlanda, Dalmacia, Bohemia, Alemania, Bélgica y México.
Todo estaba preparado para que la inauguración de la II Exposición Aragonesa se celebrase el día 1 de septiembre de 1885. Sin embargo, ya desde unos meses antes comenzaron a llegar noticias alarmantes sobre la extensión de una grave epidemia de cólera. Los primeros casos en la ciudad aconsejaron retrasar la apertura de la muestra hasta el día 20 de octubre siguiente.
De nuevo el infortunio volvía a planear sobre una gran exposición zaragozana. Sin embargo, la apertura de la muestra estuvo llena de entusiasmo y alegría. Aquel día coincidió con la inauguración de la primera línea de tranvías de la ciudad de Zaragoza que había de unir, precisamente, la plaza de España con el nuevo matadero donde se alojaba la muestra. Así pues, se organizó un cortejo que desplazó a todas las autoridades locales en un pequeño tranvía de mulas desde el centro de la ciudad hasta el recinto de la exposición. Los zaragozanos acompañaron el recorrido convencidos de la nueva etapa que se abría para su ciudad.
Desde aquel mismo día, la Exposición obtuvo el respaldo popular. La novedad del tranvía, la oportunidad de visitar el nuevo matadero y la gran cantidad y espectacularidad de los contenidos de la muestra fueron alicientes suficientes para garantizar el éxito.
Lo que más atrajo la mirada de los visitantes a la exposición fue el conjunto de la muestra de carácter industrial. En ella se dieron a conocer buena parte de las empresas que continuaban asentándose en la propia ciudad de Zaragoza, así como las más interesantes novedades nacionales y extranjeras. Entre los aragoneses, no faltó ninguno de los grandes nombres de la industria del momento. Estuvieron presentes Antonio Averly, Mercier, Martín Rodón, Sorrosal, Pedro Alsina, José María Hueso y muchos otros, incluyendo el conjunto de la pujante industria extractiva y minera.
Mención singular mereció la participación de dos industrias: La Veneciana y Villarroya y Castellano. La primera tanto por su categoría, como por ser propiedad de Basilio Paraíso Lasús, quien habría de ser el máximo artífice de la Exposición Hispano-Francesa de 1908. La segunda, a la cabeza del conjunto de la industria aragonesa, por la espectacularidad de su instalación, que consistió en una gran estructura de madera y mármol en la que se acogían todas las clases de harina fabricadas en aquel momento.
Entre los expositores foráneos destacaron empresas de renombre como la catalana Planas, Flaquer y cía, las alemanas Mansfeld y Zimmermann y la estadounidense Singer, muy conocida por sus máquinas de coser.
Un hecho que llama la atención como novedad en la Exposición de 1885 frente a su precedente de 1868 fue la importancia que la marca como tal adquiere frente al producto genérico. Sin duda, los nuevos rumbos de las estrategias comerciales comenzaban a manifestarse en este tipo de certámenes.
La sección de Ciencias atrajo por su variedad, aunque no hubo aportaciones especialmente novedosas. Así, se presentaron diferentes estudios históricos, literarios, científicos y técnicos, modelos anatómicos, aparatos de precisión e instalaciones de instituciones como la Cruz Roja.
Gran abundancia expositiva hubo en la sección de Artes Liberales. Desde la pintura a la música, pasando por la vidriería artística, en la que sorprendieron las novedades traídas por el zaragozano León Quintana, o la litografía y la imprenta. Mención aparte merece el auge que se observa en el terreno de la fotografía, que había sido una extraordinaria novedad en 1868, y que ahora está ampliamente representada por los fotógrafos locales Júdez, Escolá, Pescador y Pardo.
La de Agricultura fue la sección que menos brilló en la Exposición Aragonesa de 1885. Sólo la viticultura tuvo una presencia generosa y de calidad. Sin embargo, otros productos como los granos, el aceite o la ganadería no respondieron a las expectativas que habían levantado. Se confirmaba así una tendencia ya intuida en 1868 y que se confirmaría plenamente en 1908, respecto de la inclinación de las grandes exposiciones hacia los ámbitos industrial y artístico, en detrimento del agropecuario.
En su conjunto, la Exposición Aragonesa de 1885 constituyó un enorme éxito. Su organización coincidió con un momento de cierta parálisis en la evolución urbana y, significativamente, los años que le siguieron ven una recuperación de la ciudad, la construcción de edificios e infraestructuras emblemáticos -como el puente de Hierro- y la puesta de las bases del proceso que culminará en la Exposición Hispano-Francesa. De hecho, la Exposición tuvo una segunda fase durante el mes de septiembre de 1886 con la que se quiso prolongar un acontecimiento nacido en el infortunio pero, sin duda, positivo en su desarrollo.
Exposición Hispano-Francesa de 1908
La historia contemporánea de la ciudad de Zaragoza no podría entenderse sin la celebración de la Exposición Hispano-Francesa de 1908. Su desarrollo supuso un hito de separación entre la ciudad aún vuelta hacia el pasado heroico pero doliente de los sitios de la Guerra de la Independencia, y la que se había de proyectar hacia el futuro.
El enorme triunfo que representó se extendió a todos los terrenos de la vida zaragozana, desde el económico al artístico, pasando por el urbanístico o el cultural. La propia autoestima de los zaragozanos se vio reforzada al comprobarse que todas las dudas sobre su celebración quedaban sobrepasadas por el ambiente de éxito que reinó durante aquellos meses.
Desde el punto de vista organizativo, la Exposición Hispano-Francesa constituyó un espaldarazo para las clases sociales, políticas y económicas más avanzadas, ejemplificadas en la figura del gran artífice de la muestra: Basilio Paraíso Lasús.
Durante los años previos a la exposición, hubo un profundo debate entre las posturas más conservadoras, que pretendían convertir la muestra en un motivo de recuerdo del pasado zaragozano y su lucha contra el invasor francés, y las más progresistas, que preferían mirar al futuro y aprovechar la ocasión para abrirse a nuevas ideas y nuevos mercados. El triunfo de esta posición, que enlaza con la trayectoria y las posturas del regeneracionismo costista, convirtió a la Exposición Hispano-Francesa en puerta de entrada de Zaragoza en el siglo XX.
El proceso de organización de la Exposición fue largo y se remonta hasta el año 1901. Fue entonces cuando comenzaron a plantearse iniciativas para la celebración del I Centenario de los Sitios de Zaragoza. La idea cuajó rápidamente y las principales instituciones locales, encabezadas de nuevo por la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País y el Ayuntamiento, aunaron sus esfuerzos para constituir la Junta Magna del Centenario de los Sitios, que tuvo lugar el 10 de mayo de 1902.
Unido a un complejo programa de actividades, la Junta Magna siempre contempló la idea de organizar una o varias exposiciones inspiradas en los modelos de las de los años 1868 y 1885. La idea cristalizó por fin el 31 de marzo de 1907 cuando se decidió celebrar una única muestra de carácter general, y se nombró a Basilio Paraíso Lasús como su máximo responsable.
Basilio Paraíso era uno de los empresarios más conocidos e influyentes de la ciudad. Su industria de fabricación de vidriería artística, La Veneciana, era una referencia no sólo local sino, incluso, nacional. De ideología regeneracionista y republicana, tenía un carácter fuerte y una extraordinaria capacidad organizativa. De hecho, en la misma sesión de su nombramiento, Paraíso expuso un documento titulado Ideas para la Exposición en el que defendía que la muestra tuviera carácter hispano-francés y se basara en las ideas de reconciliación y progreso.
Superada la oposición que su propuesta levantó, y que le llevó incluso a dimitir temporalmente, Basilio Paraíso configuró su equipo de trabajo y se lanzó a organizar una exposición sin precedentes en la ciudad, con escaso presupuesto y apenas un año de margen.
Una de las primeras decisiones que se adoptaron fue la de estructurar la muestra en diez secciones: Agricultura, Alimentación, Mecánica, Industrias Químicas, Arte Retrospectivo, Bellas Artes, Pedagogía, Economía Social, Higiene e Industrias Diversas.
El lugar elegido para instalar el recinto de la exposición fue la antigua huerta de Santa Engracia, un amplio espacio, de propiedad municipal desde 1896, que quedaba encerrado entre el casco urbano y el amplio meandro trazado por el río Huerva. Pese a los intentos del Municipio, el solar tenía todavía un carácter puramente rural puesto que habían fracasado los proyectos para convertirlo en un gran parque o en un ensanche urbano.
Exposición y Ayuntamiento salieron claramente beneficiados de la elección de la antigua huerta. La primera, por su amplitud y cercanía del recinto a la trama urbana lo que, sin duda, favoreció un mayor número de visitas al certamen. El segundo porque con motivo de la muestra se llevó a cabo la dotación de la infraestructura urbana, se construyeron los primeros edificios de carácter permanente y porque la Exposición incorporó el lugar a la geografía cotidiana de los zaragozanos. Y todo ello, respetando el proyecto de urbanización de la huerta que había trazado en 1890 el arquitecto municipal Ricardo Magdalena Tabuenca.
En la actualidad, lo que fue recinto de la Exposición Hispano-Francesa de 1908 está ocupado por la plaza de los Sitios y las manzanas de inmuebles que la rodean.
Por desgracia, en la instalación del recinto surgió un inconveniente que obligó a realizar un cambio de planes de gran importancia. La idea original consistía en dar entrada a la Exposición desde la plaza de Santa Engracia a la altura de la actual calle de Joaquín Costa. Así, el acceso de los visitantes sería cómodo, rápido y desde el entorno urbano más moderno y señorial de Zaragoza, constituido por el paseo de la Independencia. Sin embargo, para ello era preciso derribar el vetusto cuartel de Santa Engracia que, adosado al templo, cerraba el acceso al recinto. Las negociaciones con el Ministerio de la Guerra se estancaron y la demolición no pudo hacerse en el momento adecuado. Como resultado, el acceso a la Exposición se desplazó hasta el camino de Ronda, hoy paseo de la Constitución, entre lo que ahora son calles de Éscar y Mefisto.
Pese a las dificultades que fueron surgiendo en el camino, la puesta en marcha de la Exposición avanzó con rapidez y eficacia. El propio recinto tomó forma con una celeridad extraordinaria, sobre todo teniendo en cuenta su propia complejidad. En el amplio espacio ocupado por la muestra se construyeron tres edificios concebidos con carácter permanente, los conocidos como Museos, Escuelas y La Caridad; un conjunto de pabellones provisionales erigidos por el Comité Ejecutivo de la Exposición: Maquinaria, Tracción, Alimentación y Gran Casino, además del Arco de Entrada; otros debidos a instituciones y organismos oficiales: Pabellón del Ministerio de Fomento, de Reales Patrimonios y de la República Francesa; así como de empresas y entidades privadas, como La Veneciana, Pabellón Mariano e Ilusiorama, además de una multitud de pequeñas instalaciones particulares. Por último, se levantó el monumento a los Sitios, debido a la mano de Mariano Benlliure, la fuente de la Plaza Central, obra de Dionisio Lasuén, y el Kiosco para la Música, diseñado por los hermanos José y Manuel Martínez de Ubago.
El complejo programa constructivo de la Exposición Hispano-Francesa manifiesta de por sí un salto cualitativo y cuantitativo respecto de las muestras de los años 1868 y 1885. Para llevarlo a la práctica con éxito se recurrió al gran arquitecto zaragozano del tránsito de los siglos XIX y XX, Ricardo Magdalena Tabuenca. Como arquitecto director de la Exposición, Magdalena distribuyó el espacio expositivo y se encargó del diseño de los pabellones del Comité Ejecutivo, La Caridad y Museos, en este último caso en colaboración con Julio Bravo Folch.
Mención especial merecen los tres edificios: Museos, Escuelas y La Caridad. Los tres estaban destinados a perdurar tras el cierre de la Exposición para albergar respectivamente el Museo Provincial de Bellas Artes y Comercio, las Escuelas de Bellas Artes y Artes y Oficios, y la sede de una de las instituciones benéficas de más solera de la ciudad, La Caridad. Su construcción se realizó en los solares A y B de la parcelación proyectada por Ricardo Magdalena para el entorno de la plaza de los Sitios. De hecho pueden considerarse como el germen del primer ensanche burgués contemporáneo de la ciudad de Zaragoza. Además, se construyeron con cargo a los 2.500.000 pesetas que el Gobierno adjudicó para la celebración del Centenario de los Sitios. En concreto, su coste total ascendió a 1.700.000 pesetas.
En los tres se respira un ambiente aragonesista que se corresponde a la perfección con el espíritu regeneracionista que movía a algunos de los principales impulsores de la Exposición. Museos y La Caridad evidencian el gusto de Ricardo Magdalena por la gran arquitectura palacial zaragozana, mientras que Escuelas, diseñado por Félix Navarro Pérez, se inclinaba más por la inspiración mudéjar siempre dentro del gusto ecléctico y cosmopolita de su autor.
El conjunto de los pabellones provisionales diseñados por Ricardo Magdalena para el Comité Ejecutivo de la Exposición sorprendieron por la libertad de su diseño, en la que las formas modernistas se unían a las referencias historicistas más queridas por su autor. La fantasía y el colorido fueron sus notas predominantes y el marco perfecto para la gran fiesta que fue la Exposición.
Más variadas fueron las construcciones institucionales y particulares, desde el gusto rococó de La Veneciana al novecentismo del pequeño Pabellón Mariano de José María Pericás, uno de los edificios más interesantes de la muestra.
En su conjunto, el recinto de la Exposición Hispano-Francesa de 1908 conformó un lugar placentero en el que los zaragozanos vivieron uno de sus más felices momentos.
Todo comenzó, según lo previsto, el 1 de mayo de 1908. En aquella luminosa mañana y en un altar improvisado levantado entre los edificios de Museos y Escuelas, pronunciaron pequeños discursos el arzobispo de Zaragoza, Juan Soldevila, el presidente del Comité Ejecutivo, Basilio Paraíso, el alcalde de la ciudad, Antonio Fleta, y el ministro de Fomento, Augusto González Besada. Para terminar, el infante don Carlos declaró inaugurada la Exposición en nombre del rey don Alfonso XIII.
Desde aquel momento hasta la clausura del certamen, inicialmente prevista para el 31 de octubre, pero que no se produjo hasta el 5 de diciembre, la Exposición Hispano-Francesa fue una auténtica explosión de actividad y fiesta. Más de medio millón de personas la visitaron. El propio rey acudió en dos ocasiones y muchos de los personajes de la vida social y política española estuvieron presentes en uno u otro momento. Pero el gran protagonista de la Exposición fue el pueblo zaragozano y, por extensión, aragonés.
Seguramente con la convicción de que estaba viviendo un momento único y trascendental de su historia, la sociedad zaragozana se volcó en los actos organizados durante la Exposición y en el propio recinto de la muestra, que se convirtió en el auténtico centro de la vida local durante aquellos meses.
Y es que recorrer la Exposición era asomarse a una ventana abierta al futuro. Frente al peso relativamente importante que lo agrícola había tenido en las muestras del siglo anterior, la Hispano-Francesa fue una exposición más claramente industrial en la que la industria y los nuevos avances tecnológicos estaban muy presentes. Aquella fue la ocasión en la que el automóvil, la luz eléctrica o el cine comenzaron a convertirse en elementos cotidianos de la vida zaragozana, preludiando lo que sería la ciudad del siglo que comenzaba. Incluso detalles aparentemente menores, como la presentación de la primera escalera mecánica que se instaló en la ciudad, ayudaban a cambiar el panorama cotidiano de la ciudad.
De hecho, entre los expositores, que alcanzaron un total superior a los cuatro mil quinientos, tuvieron singular relieve los dedicados a las pujantes industrias mecánicas y del transporte. Sin duda, aunque los organizadores de la Exposición la concibieron y organizaron con un carácter global, no deja de ser significativo que los tres pabellones provisionales levantados por el Comité Ejecutivo fueron los dedicados a Alimentación, Maquinaria y Tracción.
En una Zaragoza en la que se acababa de matricular el automóvil Z-32, no pudieron dejar de acaparar la atención los espectaculares modelos presentados por las marcas Hispano-Suiza, Darracq (origen de la futura Alfa-Romeo), Clement-Bayard (de la que nacería Citröen) e incluso los de Mateo Lacarte, fabricante zaragozano de automóviles.
También tuvieron singular presencia, aunque no despertaran la misma expectación popular, las industrias dedicadas la producción eléctrica en su más amplio sentido. La Exposición Hispano-Francesa supuso el triunfo e introducción definitiva de la iluminación eléctrica en Zaragoza. Su recinto permaneció iluminado mediante potentes reflectores prolongando las actividades hasta bien entrada la noche y confiriéndole un ambiente de novedad y espectacularidad notables. Además, los edificios más significativos de la ciudad, desde la basílica del Pilar hasta el Ayuntamiento, dispusieron durante aquellos meses de una iluminación especial que los engalanara. Incluso, como si de un signo de los nuevos tiempos se tratara, el Arco de Entrada al recinto presentaba por su parte interior la leyenda Eléctricas Reunidas, evidenciando no sólo la creciente importancia de la nueva fuente de energía sino los nuevos conceptos de mercadotecnia que utilizaban las empresas.
En la Exposición Hispano-Francesa de 1908 queda ya patente una feroz lucha por captar la atención del visitante. Unas empresas lo intentan con la construcción de pabellones particulares de gran entidad, como el de La Veneciana, para el que llegó a traerse una verdadera góndola italiana, el de vidrios Saint Gobain, con un diseño totalmente acristalado, o el de Altos Hornos de Bilbao, que consistió en un auténtico horno de fundición.
También en el interior de los pabellones los expositores compitieron en espectacularidad utilizando escenografías, modelos a escala y muestrarios de productos auténticamente llamativos. En este sentido, el Pabellón de Alimentación fue el que logró más agrado. Las diferentes casas expositoras, desde las confiterías hasta las de vinos o azúcar, rivalizaron por ser las más originales y atractivas del recinto. Allí estaban Palacios y Fantoba, Chocolates Zorraquino, Orús o La Zaragozana, entre otras muchas conocidas marcas locales.
Y es que la Exposición Hispano-Francesa se caracterizó por la presencia masiva de expositores aragoneses. Ninguna industria o comercio que se preciara en la región dejó de estar presente. Su relación sería interminable, pero baste con citar nombres como la Electro-Metalúrgica del Ebro, Maquinaria y Metalurgia Aragonesa, Minas y Ferrocarril de Utrillas, Cardé y Escoriaza, Antonio Averly, Ramón Mercier, La Oxhídrica Española, La Industrial Química de Zaragoza, entre otras muchas.
Junto a los expositores aragoneses encontramos otros del conjunto de España y de algunos países como Alemania, Inglaterra o Estados Unidos. Sin embargo, la participación foránea más significativa fue la catalana; participación singularizada, además, por el carácter organizado con el que se presentó. Así, las salas de Sabadell o Tarrasa agrupaba a los industriales fabriles de estas poblaciones de manera coordinada. En cuanto a empresas individuales, en Zaragoza estuvieron representadas algunas de las más significativas de entre las radicadas en Cataluña en aquellos años, desde la Maquinista Terrestre y Marítima hasta Escofet y Compañía por citar dos ejemplos significativos. También hubo una participación catalana unitaria en el terreno artístico gracias a la Sala de Arte del Ayuntamiento de Barcelona, que contaba con piezas realmente notables. Finalmente, desde Cataluña se organizaron visitas y actos que ayudaron a ampliar la proyección exterior del certamen zaragozano.
La presencia que no alcanzó el grado deseado fue la representante de las empresas e instituciones francesas. La voluntad de los organizadores, encabezados por Basilio Paraíso, había sido que Francia estuviera representada en la Exposición a un nivel si no igual, al menos comparable al español; incluso se llegó a considerar la posibilidad de que ocupara varios pabellones. Sin embargo, la implicación oficial del gobierno galo fue limitada. La coincidencia en los mismos meses del verano de 1908 con la Exposición Franco-británica de Londres a la que, lógicamente, se prestó más atención desde París, también jugó en contra de la muestra zaragozana. Con todo, el resultado fue digno, como lo prueba el que el Pabellón de la República Francesa lo diseñase el Arquitecto Jefe de Exposiciones en el Extranjero, Eugene Charles de Montarnal, o que los propios jardines de la representación francesa fueran obra del Jardinero Jefe de la ciudad de París.
Aunque no muy amplia, -unos 450 expositores-, la participación francesa sí que resultó variada. En Zaragoza estuvieron presentes desde reconocidas marcas de champán, como Moet et Chandon o Clicquot, hasta las joyas de Roger Sandoz. Automóviles, motocicletas, tejidos, aparatos de precisión o exquisitos productos de alimentación completaban el espectro de muestras francesas. Destacaba, además, que Francia prestó singular atención a dos aspectos: la ingeniería francesa aplicada en el territorio español y los productos para la mecanización agrícola, lo que ponía de relieve la visión gala de la situación económica y de desarrollo del territorio español.
Los aspectos industriales, productivos y empresariales no fueron los únicos que tuvieron acogida en la muestra, aunque sin duda constituyeron el grueso de la Exposición Hispano-Francesa. Como ya se ha escrito en alguna ocasión, el certamen fue escenario, escaparte y ciudad y, como tal, acogió todo tipo de actividades artísticas, culturales, científicas y recreativas.
Habituales en este tipo de eventos, las muestras artísticas no faltaron en el certamen de 1908. Una tuvo singular relevancia, la Exposición de Arte Retrospectivo que se ubicó en las espaciosas salas del edificio de Museos. Sin duda, se trató de la mejor y más completa exposición de arte histórico que ha tenido lugar en la ciudad de Zaragoza y una ocasión única de contemplar algunas piezas, desde los más exquisitos tapices procedentes de La Seo de Zaragoza hasta cuadros de Francisco de Goya, pasando por obras sacras hoy desaparecidas.
A la par se celebró una modesta exposición de Arte Contemporáneo, conformada más por la suma aleatoria de obras que por un planteamiento unificador, y en la que sólo sobresalió la intervención de Francisco Marín Bagüés, y una excelente sala del Ayuntamiento de Barcelona en la que sí estuvieron presentes obras de entidad de autores como Rodin, Ramón Casas, Joaquim Mir, Santiago Rusiñol, Camille Corot o Joan Llimona, entre otros muchos.
Asimismo conferencias, encuentros, charlas y banquetes se sucedieron sin descanso. El Gran Casino de la Exposición se convirtió durante unos meses en el epicentro de la vida ciudadana. Su terraza, animadísima durante todo aquel largo y placentero verano, fue un mirador privilegiado hacia el futuro más lisonjero para Zaragoza. Fueron unos meses mágicos, de esos que sólo ocasionalmente se producen en la vida de una ciudad y que marcan a toda una generación de habitantes para siempre.
La Exposición Hispano-Francesa de Zaragoza de 1908 es una referencia histórica. Señala un antes y un después. Es el hito a partir del cual se construye la ciudad del siglo XX rompiendo definitivamente el hilo conductor que conduce desde un trágico pasado reciente a un futuro prometedor.
Quizás por eso, cuando en la fría noche del 5 de diciembre de 1908 se clausuró la Exposición Hispano-Francesa, quienes asistieron al acto celebrado en el teatro del Gran Casino, pudieron sentir que algo había cambiado definitivamente en su ciudad. A los más afortunados, en el camino de Ronda les esperaban sus flamantes y relucientes automóviles, al resto, la luz eléctrica que iluminaba el recinto y su entorno, les permitiría llegar con comodidad hasta la plaza de Aragón donde tomaría el tranvía que les acercaría hasta sus casas. Incluso algunos podrían llamar por teléfono para comunicar que prolongarían la jornada en cualquiera de las cafeterías o restaurantes que comenzaban a proliferar en el entorno del paseo de la Independencia. Zaragoza era ya, en parte gracias al esfuerzo de las tres exposiciones que había organizado en el último medio siglo, una ciudad moderna y cosmopolita.
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