Un día en el Mercado Central
Daniel Marcos
El día en el Mercado Central de Zaragoza empieza cuando la ciudad todavía está a oscuras. Antes de que amanezca, las luces del interior se encienden una a una, los camiones se acercan a los muelles de carga y las persianas metálicas comienzan a levantarse. Dentro, los detallistas revisan el género recién llegado, colocan el hielo en las pescaderías, organizan cajas de fruta y verdura, preparan las vitrinas de carne, embutidos y quesos. A esa hora temprana, el mercado es casi un secreto compartido: solo se escuchan saludos entre compañeros, bromas madrugadoras y el ir y venir de carros y cajas que anticipan el movimiento del resto del día.
En cuanto la luz del amanecer empieza a filtrarse por los ventanales y la estructura de hierro y cristal se recorta sobre el cielo, el mercado entra en una nueva fase. Los bares del entorno sirven los primeros cafés y tostadas a comerciantes, repartidores y primeros clientes. Poco después, las puertas se abren de par en par y el Mercado Central se llena de colores y aromas: montones de frutas y verduras que parecen un mosaico, con borraja, alcachofas, cebolla de Fuentes, tomates que huelen a huerto; pescados y mariscos brillando sobre el hielo; piezas de Ternasco de Aragón y otros cortes cuidadosamente preparados en las carnicerías; embutidos, jamones y quesos artesanos que ocupan las vitrinas de charcuterías y queserías.
La mañana avanza y el ambiente se vuelve más intenso. Familias, personas mayores con sus carritos de toda la vida, cocineros profesionales, vecinos del barrio y visitantes que llegan con curiosidad se mezclan en los pasillos. Mientras se eligen los productos, se intercambian consejos y recetas: qué pescado va mejor al horno, cómo preparar una borraja perfecta, qué fruta está más dulce esta semana, qué vino de la tierra marida mejor con un guiso. El mercado actúa como una gran cocina colectiva en la que la experiencia de quienes venden se combina con las ganas de aprender de quienes compran.
Sin apenas darse cuenta, el Mercado Central entra en el mediodía. Los carros ya van llenos y, con ellos, van tomando forma las comidas del día: menús caseros, celebraciones familiares, tapas y platos que más tarde aparecerán en las barras y mesas de la ciudad. Entre un puesto y otro, muchas personas hacen una breve parada para tomar un aperitivo, un vermut o un vino con una pequeña tapa, prolongando así la visita y la conversación. El mercado no es solo un lugar donde abastecer la despensa, sino también un punto de encuentro donde se mantiene la vida de barrio y se comparte el ritmo cotidiano de Zaragoza.
A medida que pasan las horas, la actividad comercial se va relajando. Se cierran algunos pedidos, se responde a las últimas consultas y los pasillos recuperan poco a poco una calma distinta. Es el momento en que se aprecia mejor el edificio en sí: su arquitectura histórica, la luz que entra por los ventanales, el equilibrio entre tradición y modernidad que lo mantiene vivo y funcional. Quienes llegan a estas horas disfrutan de un paseo más tranquilo, deteniéndose a observar los detalles, a charlar con los y las detallistas o a hacer las últimas compras del día.
Ya por la tarde, el día en el Mercado Central se encamina hacia su final. Los puestos empiezan a recoger el género que queda, se limpian mostradores, se ordenan cámaras frigoríficas y se revisan las listas para el día siguiente. Las persianas bajan de nuevo y el bullicio interior se apaga, dejando en el exterior la silueta imponente del edificio presidiendo la plaza. Allí quedan, casi en el aire, las huellas del día: las historias compartidas, las recomendaciones gastronómicas, las sonrisas entre vecinos, la sorpresa de quienes descubren por primera vez este espacio.
Cuando la noche ya ha caído, el Mercado Central descansa, pero la ciudad sigue disfrutando de todo lo que ha salido de sus puestos: guisos en las casas, tapas en los bares, platos creativos en los restaurantes. Y así, mientras Zaragoza vive la tarde y la noche, el mercado “sueña” el siguiente amanecer, preparado para repetir su ritual diario. Cada nuevo día será distinto, con otros productos de temporada, nuevas conversaciones y visitantes diferentes, pero siempre con la misma esencia: la de un lugar que alimenta a la ciudad y muestra una de sus caras más auténticas.

