Legados de Mujeres Aragonesas de los siglos XIX y XX

DOCENTES, EDUCADORAS, MOLDEADORAS DE SOCIEDADES

Educadoras, formadoras, maestras, profesoras, tituladas, pedagogas, innovadoras, teóricas de la Educación

Por nuestro apostolado dentro de la enseñanza femenina, por la afinidad con todo lo que representa intelectualismo, por mis obras publicadas para facilitar a la mujer el camino en su progreso, por mis idealismos pedagógicos, por las sociedades benéficas a las que pertenezco [...] me adhiero a [...] la categoría de las que estudiamos, de las que consagramos la vida a los ideales de cultura y beneficencia, la que [...] hoy es una fuerza impulsiva hacia el resurgimiento de la mujer española para ir a la vanguardia del pensamiento en materias que hoy se llaman feminismo en todas las naciones y que yo denomino evolución hacia el progreso; cultura femenina; capacitación para el trabajo en el hogar y fuera de él.

Melchora Herrero Ayora
Declaración escrita en 1922

La educación de las mujeres estuvo concentrada durante siglos en la formación doméstica y privada alrededor de contenidos que debían capacitarla para su misión de madre de familia, prescrita por el destino que tenía en la sociedad el hecho de nacer mujer. La educación femenina en las clases sociales de alto nivel económico, se impartía de forma privada por instructores seleccionados por las familias según sus intereses. Es con la Ilustración, durante el reinado de Carlos III en España (1759-1788), donde se inicia una política educativa encaminada a que los hombres del futuro estén mejor preparados para impulsar la economía nacional, y donde la mujer también debe contribuir con su trabajo al fomento de la riqueza pública. Siguiendo este pensamiento utilitarista, el Estado de la Ilustración instauró establecimientos y escuelas específicas para que las niñas aprendiesen a leer y escribir concibiendo además su profesionalización a través de oficios artesanales para evitarles caer en la pobreza y la prostitución si no conseguían ser mantenidas bajo la protección de un matrimonio. Estas escuelas organizadas por los ilustrados y las Sociedades Económicas de Amigos del País, favorecieron la enseñanza de Primeras Letras a niños y niñas de toda condición social, estableciendo las bases para una enseñanza básica, pública y gratuita en la Monarquía.

La llegada de niñas a las aulas escolares permitió la incorporación de mujeres maestras y su intervención en la transmisión de conocimientos. Al principio las maestras fueron una figura casi testimonial, pero luego se convirtieron en una pieza indispensable para la enseñanza en España y la transmisión de los valores que requería la nueva sociedad. En el año 1783 quedan formalizadas las «Escuelas gratuitas de educación de niñas». La preparación docente de las maestras fue totalmente opuesta a la de los maestros; ellas carecían de instrucción como la concebimos hoy, pues su formación debía ser moral, no intelectual (cit. S.SanRomán), ya que su oficio de enseñar respondía a perpetuar la idea de formación femenina circunscrita al ámbito de lo doméstico, sobre todo la dirigida a niñas de las clases socialmente más desfavorecidas. Su vocación por la enseñanza podía ser vista como una perpetuación del amor de la madre. Todavía en 1839 una Real Orden estipula que las maestras fuesen personas "de habilidad conocida en todos los ramos de la instrucción que se da en el colegio, de salud robusta, de carácter afable y de buenos modales". De la sucesiva ampliación de materias a impartir en las aulas depende el aumento de la preparación de las maestras, que en 1847 ya deben pasar por pruebas de capacitación, aunque sus exámenes de instrucción siguen dando mayor importancia a ciertos valores antes que a los conocimientos.

El proceso de escolarización de las mujeres fue lento debido a los condicionantes en cuanto a su género que debieron ser superados, y durante el siglo XIX fue mínima su instrucción. Las necesidades educativas se cubrían con colegios religiosos para niñas, donde las monjas aseguraban la enseñanza de los principios morales y cristianos, impartiendo clases en las localidades donde asentaban sus congregaciones. Hubo colegios que empezaron como casas de beneficencia atendiendo a personas sin recursos y que crearon escuelas para niñas; otra posibilidad de formación la proporcionaban las fundaciones constituidas por legados testamentarios para dar educación a los niños de pueblos donde no había escuela, y desde luego existían profesionales que daban clases particulares a las hijas de familias pudientes.

Sólo es en 1857, cuando la conocida como Ley Moyano de Instrucción Pública establece como obligatoria la enseñanza primaria para la población infantil incluyendo por primera vez a las niñas, lo que permite avanzar en la consecución de pequeños logros en la formación femenina, como los de algunas iniciativas pedagógicas surgidas en el llamado Sexenio Revolucionario o Revolución de La Gloriosa (1868-1874) y otras al margen de la escuela oficial entonces dominada por la Iglesia, como la Institución Libre de Enseñanza (1876-1939) que supondría una empresa transformadora e innovadora de la educación española sin precedentes apostando decididamente por la educación femenina.

La Escuela Normal Central de Maestras, creada en 1858 en Madrid, se convierte en principal vía de acceso a un trabajo cualificado que se ofrecía a la mujer que aspiraba a ser maestra, y pretendía ofrecer una orientación uniforme para extender un modelo de ciudadana acorde con las exigencias políticas y sociales del momento. Aun así, se abren también diversas escuelas de maestras en España, que de forma privada también dan formación a futuras maestras.

A finales del XIX se toma conciencia en España de la necesidad de la educación como la condición previa más importante para la emancipación femenina, rechazando la ignorancia que lleva a mantener y justificar el sometimiento de la mujer (P.Ballarín). La reforma de 1882 se estableció por la necesidad de crear un profesorado femenino de acuerdo a las exigencias modernas, y se reorganiza la Escuela Normal Central de Maestras de cara a la implantación de la profesionalidad de las docentes en cuanto a conocimientos y preparación. En 1909 se produce un salto cualitativo, ya que en ese año se ampliaba la obligatoriedad de la enseñanza primaria hasta los doce años, lo que significó un incremento del 57% del alumnado femenino en la escuela, aunque todavía existía una fuerte reserva hacia la necesidad de propiciar una adecuada instrucción a las mujeres, empezando por las familias. En muchos casos, su asistencia a la escuela no era mayor de seis meses porque no se consideraba necesario darle a la mujer una educación suficiente, o eso se relegaba a las obligaciones familiares que debía asumir la niña e incluso a la necesidad de realizar un trabajo remunerado que ayudara a la economía familiar.

Pero el desarrollo de las inquietudes sociales, aunque lento, estará ligado indefectiblemente a la educación de las niñas. Desde finales del siglo XIX y principios del XX el colectivo femenino demandaba un nuevo status social participando en la cultura, la economía y la sociedad, rechazando quedar recluidas en la esfera privada del hogar o resignadas a trabajos denigrados. La educación era la clave, hasta entonces monopolizada por la Iglesia y los preceptos de perfecta ama de casa y madre de sus hijos destinados a la mujer, pero tan arraigados en la sociedad. Las mujeres se irían incorporando poco a poco al sistema educativo, tanto desde la escuela primaria como a las instituciones de educación superior venciendo resistencias externas e internas, sin embargo: la adquisición de educación era la expresión de un deseo propio de desarrollo pero también de una ruptura con los cánones sociales establecidos desde siglos atrás, y muchas renunciaron a su educación superior, por no enfrentarse a su familia, o bien tuvieron que armonizar contradicciones en sí mismas, sintiéndose culpables por desear lo que ‘no estaba reservado para ellas’.

Las maestras profesionales educadoras de niñas han sido esenciales en la formación de las mentes femeninas y en la modelación del futuro de la sociedad, a través de su visión innovadora de la educación y su constante observación y reflexión sobre las necesidades educativas, y sobre todo a través de la creación de nuevos modelos femeninos y la construcción de pautas para el logro de objetivos. Todo ello no estuvo exento de contradicciones para las educadoras que vivieron el cambio de siglo XIX al XX, que compaginaron el intento modernizador que demandaban sus inquietudes con el ejemplo de conducta intachable que era en ese momento exigido para ellas, y que debían conjugar el impulso de la curiosidad intelectual con las advertencias que las vigilaban entonces, de modo que ‘el estudio no las hiciera olvidar que las virtudes principales de la mujer son la calidad, prudencia, modestia, honestidad y obediencia’, como se refleja en muchos textos adoctrinadores del siglo XIX. A caballo entre la renovación feminista y la tradición asignada a lo femenino, las maestras y educadoras de principios del siglo XX se debatieron entre el deseo de cambiar la realidad que vivían y el cuidado en no desencadenar el rechazo de su entorno: Modernidad y tradición, autonomía y dependencia, visibilidad y discreción, seriedad y adorno, fueron contradicciones con las que tuvieron que convivir. En toda esta evolución del pensamiento, las maestras profesionales han simbolizado las diferentes etapas de la transformación de la sociedad española de estos últimos 150 años.

En los primeros años del s.XX y de forma progresiva, fueron aumentando las modalidades de educación para las mujeres, en especial dirigidas a las jóvenes de clase media, con actividades profesionales que se consideraban adecuadas para su sexo: maestras, institutrices, matronas, y más adelante, en archivos y bibliotecas o en oficinas de correos y telégrafos, o en empresas y comercios. Pero esa misma formación y profesionalización es lo que actúa como un altavoz de la evolución del pensamiento femenino, y a la vez lleva a muchas mujeres a reflexionar y teorizar sobre las formas de educación y las nuevas necesidades que trae su avance. Creció el número de maestras dentro del ámbito de la enseñanza primaria y su dedicación muy prioritaria a la educación de las niñas —en virtud de la normativa vigente— lo cual permitió y justificó el protagonismo de muchas de ellas como autoras de manuales escolares y otras obras sobre educación. Eran mujeres que, con su ejercicio profesional y su participación en otras actividades sociales dentro y fuera de la escuela, no sólo encontraron un camino para integrarse en el mundo de lo público, sino que desde él pudieron contribuir a los cambios sociales. Muchas mujeres que pudieron participar en la vida pública con puestos en ayuntamientos, cargos en instituciones o colaboraciones en medios de prensa de la época, provenían del mundo de la docencia y fue su desarrollo profesional como maestras lo que las llevó a conseguir el respeto social de su entorno y el acceso a foros donde podían hacerse escuchar. La actividad intelectual ligada a la docencia como formadoras de otras maestras llevó a muchas mujeres a ejercer y proyectarse como escritoras y periodistas, autoras de obras literarias o ensayísticas y de artículos de opinión y reivindicación.

Durante las tres primeras décadas del s. XX se produce un importante aumento de mujeres en la enseñanza media y superior. La Real Orden del 8 de marzo de 1910 de Alfonso XIII, autorizaba el acceso de las mujeres a cursar estudios superiores en España tanto en enseñanza oficial como no oficial, ‘sin necesidad de consultar a la Superioridad’. Esta nueva norma autorizaba ‘por igual’ el acceso de hombres y mujeres, y en septiembre del mismo año 1910 se permitió que las licenciadas pudieran presentarse a oposiciones para ser profesoras de instituto, de universidad o trabajar en bibliotecas y archivos. En aquella época, la carrera de Magisterio era uno de los pocos accesos de la mujer al mundo académico y una de las pocas posibilidades para ejercer una de las pocas profesiones que una mujer podía desempeñar con cierta autonomía. Pero fue también la puerta de acceso al progresivo avance para cursar el resto de carreras.

Las mujeres querían defender su decisión de estudiar, dedicar su tiempo a inquietudes culturales y tareas sociales, y ejercer un trabajo profesional por conveniencia propia, construyendo una nueva realidad con el cambio de siglo donde podrían intervenir en cuestiones que les afectaban directamente. A finales de los años 20 ya había un tímido número de mujeres estudiando una carrera, aunque casi ninguna la ejercía después de licenciarse. A la vez, las mujeres se iban incorporando al mundo laboral fuera de casa sintiéndose partícipes de una sociedad que demandaba igualdad y derechos políticos. Durante la II República española (1931-1936), se pusieron en práctica ideales que soñaban una España avanzada, culta y desarrollada en los ámbitos económicos y académicos (cit. J.Gimeno Perelló) con la creación del Patronato de las Misiones Pedagógicas para desterrar el analfabetismo y la incultura de un pueblo atrasado y pobre, fomentando la escolarización femenina, la educación ciudadana y la promoción pedagógica de las escuelas rurales.

El papel de las maestras en el primer tercio del siglo XX fue fundamental impulsando ideales de igualdad y luchando por acercar la cultura y los libros a pueblos, aldeas y lugares sin posibilidades de conseguirlo por sí mismos. La formación de las mujeres en nuevas profesiones, las primeras incursiones en los institutos y universidades y el reconocimiento de su incorporación a ciertos ámbitos laborales fueron sólo el principio de lo que se convertiría en una dinámica imparable. Muchas mujeres identificaron cultura con progreso y estudio con independencia, por lo que defendiendo la escolarización y el derecho femenino a estudiar, defendían sobre todo un cambio de modelo de mujer y el ejercicio de su ideal de emancipación accediendo a la vida social.

La Guerra Civil (1936-1939) truncaría radicalmente los avances experimentados por la mujer para su incorporación a la vida pública y política. La victoria del bando nacional y el nuevo régimen impuesto provocó una vuelta a la búsqueda de ese papel de sumisión de la mujer que parecía poderse superar durante el régimen republicano. El Franquismo impuso la difusión de valores y pautas de comportamiento muy ideologizados, donde la familia y el hogar debían ser sus principales ámbitos de actuación, junto con las labores asistenciales y de servicio social como propias de la condición femenina. Si bien hubo un retroceso en los primeros años de la posguerra, la presencia femenina en el ámbito de la educación habría de ser ya imparable, sin embargo. Su protagonismo ha sido constante en la búsqueda de titulaciones sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XX, en su mayor parte orientándose hacia la docencia, igual como maestras de enseñanza primaria, directoras de escuela, formadoras de maestras, profesoras de bachilleres e instituto y profesoras de universidad, pero también como investigadoras de la docencia, pedagogas y teóricas de la educación, con legados de inestimable valía en el campo de la formación de formadores y para nuevas generaciones.

EN ARAGÓN

El abandono que padecía la escuela en Aragón en el s.XIX, sobre todo en el ámbito rural, predominante en la sociedad aragonesa, se acusó en los grandes inconvenientes habidos para el ejercicio del magisterio profesional. Las maestras añadían a las dificultades que conllevaba la falta de atención institucional por la escuela, su propia condición femenina. Su vocación por la enseñanza, su determinación por ejercer una profesión y la ascendencia que su labor podía tener sobre la formación de las mentes de las niñas, futuras mujeres, hizo más complicada su labor, teniendo que relacionarse con la sociedad del momento, las familias de las alumnas, los oligarcas y otras fuerzas locales, con las resistencias propias de la época ante la presencia de una mujer con autoridad para decidir. Lo habitual era que las maestras estuvieran casadas y con hijos por lo que también debían atender su situación personal, pero era más aceptado por la sociedad, ya que, y aunque hubo muchas maestras solteras, la posición de independencia que conllevaba para una mujer estar soltera no era fácilmente comprendido.

Durante las primeras décadas del s. XX, apenas el cincuenta por ciento de la población sabía leer y escribir en Aragón. El índice de analfabetismo femenino duplicaba el masculino, y los índices aún eran peores en los pueblos aragoneses más alejados o recónditos. Al mismo tiempo empezaba a crecer el número de maestras dentro del ámbito de la enseñanza primaria dedicadas prioritariamente a la educación de las niñas. En España se estaba produciendo un movimiento de renovación educativa llamado La Escuela Nueva que propuso una revisión crítica de los modelos tradicionales de enseñanza, ya insuficientes de cara a los nuevos tiempos que traían la industrialización y el desarrollo social, y en Aragón sus teorías cobraron una especial fuerza, de mano de las maestras y mujeres docentes especialmente interesadas en la innovación pedagógica, seguidoras de las obras de los autores más representativos de este movimiento y de las revistas profesionales que difundían sus principios.

La enseñanza de niñas no contaba con un sistema educativo y muchas de las maestras que ejercerán su magisterio serían también pensadoras y pedagogas, autoras de manuales escolares y otras obras sobre educación, necesarias para crear unas bases formativas para niñas pegadas a la realidad y a las circunstancias vitales de las alumnas, y a la vez orientadoras de caminos para su desarrollo inspirando el deseo de acceder a enseñanzas superiores como forma de progresar. Las maestras de Aragón fueron mujeres intelectualmente muy activas y pioneras en la investigación pedagógica sobre todo femenina.

Es imposible desligar la historia de la educación aragonesa de la propia historia de la educación en el medio rural y las maestras rurales, verdaderos puntales del progreso social de los dos siglos precedentes, y así mismo ligada a la propia historia de la emancipación femenina en el Aragón de hace ciento cincuenta años, pues ejerciendo su magisterio en los pueblos aragoneses, conocemos un elenco impresionante de mujeres con identidad propia que eran autónomas y tomaban sus decisiones, viajaban de un lugar a otro, representaban a la cultura, ocupaban cargos públicos, fundaban colectivos, escribían en medios locales o de ámbito nacional, y representaban un nuevo modelo de mujer. Las maestras rurales en su habitual concurso de oposiciones y traslados, cubrieron toda la geografía aragonesa llevando sus conocimientos, sus ideas y la semilla del cambio de la escuela española que había de ser imprescindible para el desarrollo educativo de las niñas aragonesas y la regeneración del sistema educativo aragonés. La escuela rural aragonesa estará estrechamente vinculada a la innovación. Muchos de los proyectos más comprometidos y valiosos que se desarrollaron y han llegado hasta hoy, se gestaron en escuelas rurales. En 1945 la Ley de Educación Primaria estableció que debía haber un escuela en cada pueblo con 250 habitantes. Esta ley impulsó la construcción de muchos colegios y la creación de toda una red de escuelas rurales y de barrios.

En Aragón, formaron un corpus docente de una importancia incuestionable y que fue ganando un peso en las estructuras del sistema educativo, cada vez con mayor calidad formativa, con mayor compromiso con la sociedad y logrando por fin un mejor reconocimiento a todo lo entregado por las mujeres docentes, que han sido ejemplo de generosidad, empeño, inteligencia, solidaridad, experiencia, valentía y resistencia para no conformarse con lo fácil o más cómodo frente a estructuras que no siempre se lo pusieron fácil. Estas maestras, a pie de calle y en contacto cotidiano con alumnos y alumnas y además involucradas en el entorno social de su escuela, fueron esenciales en Aragón para la construcción de generaciones de aragoneses y aragonesas que iban a hacer evolucionar su tierra. Las maestras abrieron caminos indispensables para la innovación educativa. Si era cierto que la carrera de Magisterio era uno de los pocos accesos permitidos para la mujer al mundo académico, también es cierto que por ello mismo cursaron estos estudios las mujeres más inquietas, apasionadas, ilusionadas por adquirir conocimientos y conseguir su emancipación y más dispuestas a romper los esquemas tradicionales no sólo de la formación para las mujeres, sino también del propio concepto que en la sociedad se tenía del docente y de la educación.

SOBRE LOS TRES APARTADOS EN QUE SE PRESENTA ESTE VOLUMEN

Las mujeres docentes han moldeado el futuro obligando a evolucionar los parámetros sociales. Abrieron caminos abogando por la educación de las mujeres como necesidad para el desarrollo social, haciendo de la cultura la verdadera clave de la emancipación femenina, a medida que fue creciendo la importancia de su papel de mujeres maestras como educadoras profesionales. Viviendo la docencia como alumnas y luego como maestras, profesoras o pedagogas, sus propuestas y actitudes fueron valiosas para marcar el camino de muchas mujeres que encontraban así referencias que les era posible asumir en sus vidas.

Su labor ha estado en primera línea de la formación de las mentes femeninas en su transmisión de conocimientos, pero también en la creación de modelos femeninos para nuevos órdenes sociales. Si el acceso a la cultura ha sido la reivindicación de la verdadera liberación intelectual de las mujeres, el ejercicio de la docencia ha sido expresión de la vocación, la decisión, la voluntad y el impulso para la transformación del mundo.

Muchos de los cometidos de las mujeres profesionales de la docencia se entremezclan con otros cometidos relacionados como el de la comunicación, la escritura, la investigación, la política, el arte o la filosofía.

Dada la complejidad del sistema educativo de nuestro país por la propia complejidad de las etapas históricas y socio-políticas que se han sucedido en los siglos XIX y XX y que han influido decisivamente en la orientación académica e incluso en la nomenclatura de los estudios dirigidos a la docencia, los capítulos en que se distribuye este volumen se han realizado buscando el aporte de las docentes a lo largo de las diferentes etapas históricas en que globalmente podemos considerar la historia de estos dos siglos precedentes, y dentro de cada capítulo y apartado, se refieren sus biografías en un ordenamiento cronológico, lo que nos permite también una cierta visión transversal de los momentos históricos.

Partiendo de las pioneras educadoras activistas, y atendiendo a fases de incorporación de las mujeres al sistema de educación público se realiza la selección del abundante listado de mujeres catalogadas como Docentes, atendiendo a ser la docencia la actividad principal de sus cometidos. Aun siendo nutrido este listado, somos conscientes de que hay muchas más mujeres docentes sobre todo del siglo XIX de las que todavía no tenemos una biografía bastante como para haber podido incluirlas, ya que la historia de todas las mujeres enseñantes de Aragón todavía está completándose, y quizá incluso todas ellas sean incontables.

Dolores Cabrera y Heredia

LAS PRECURSORAS IMPRESCINDIBLES:

EDUCADORAS DE LA ILUSTRACIÓN

Incluye la memoria de mujeres ilustradas adelantadas a su tiempo que bien ejerciendo la docencia o teorizando sobre los contenidos educativos, abrieron caminos imprescindibles para comprender la importancia de la educación femenina como motor de la sociedad.

Dolores Cabrera y Heredia

LAS PRIMERAS FORMADORAS

EL SIGLO XIX: MAESTRAS DE MAESTRAS

Incluye los legados de las primeras mujeres que estuvieron encargadas de formar a las futuras maestras que se propagarían por toda la geografía para proporcionar enseñanza a las niñas.

Apéndice complementario

Melchora Herrero Ayora

MAESTRAS Y EDUCADORAS EN LA TRANSICIÓN DEL S. XIX AL XX

ENTRE LA TRADICIÓN Y LA TRANSFORMACIÓN

Incluye los legados de maestras y educadoras que proyectaron sus ideales en el ejercicio de la enseñanza, accediendo a ámbitos públicos donde ejercieron también su compromiso con la sociedad de su tiempo.

Apéndice complementario

Palmira Pla

NUEVAS DOCENTES PARA UN TIEMPO NUEVO. ALBORES DEL S. XX

LA EDUCACIÓN Y EL PROGRESO.

Incluye los legados de maestras y profesionales de la docencia que con el cambio de siglo impulsaron movimientos educativos y sociales que proponían también nuevos modelos de mujer defendiendo su acceso a cargos en las instituciones públicas.

Apéndice complementario

Maestras y concejalas

Dolores Cabrera y Heredia

LAS MAESTRAS DE CADA DÍA

EN SUS MANOS ESTÁ EL FUTURO

Incluye legados de las maestras referentes de la primera educación de un escolar, muy queridas por los alumnos y por las familias. Éstas son muy numerosas y quizá incontables. Las referidas en ese capítulo son a modo de homenaje testimonial para todas ellas.

Apéndice complementario

Dolores Palacio

TITULADAS, PRIMERAS BACHILLERES Y LICENCIADAS y PROFESORAS DE EDUCACIÓN SUPERIOR.

EL SIGLO XX: ROMPIENDO BARRERAS.

Incluye las reseñas de las mujeres tituladas que ejercieron su recién estrenado derecho a los estudios de bachillerato y universitarios, y que ejercieron sus profesiones docentes.

Apéndice complementario

María Ávila

DOCENTES Y ARTISTAS

TRANSMITIR LA PASIÓN Y LOS CONOCIMIENTOS

Incluye los legados de artistas aragonesas que combinaron su obra de creación con la docencia como profesoras y maestras de arte, inspirando el amor por la cultura en generaciones siguientes de alumnas.

Epílogo