
Por debajo de una apariencia todavía brillante, herencia del esplendor de siglo XVI, late la crisis de la España del XVII. Los elevandos gastos de la Corte de los Austrias empobrecen el país; constantes guerras, malas cosechas, epidemias y pestes suponen una importante disminución demográfica a la que se añade la expulsión de los moriscos, especialmente dolorosa en Aragón.
La miseria general se hace evidente en las calles, que sirven de hogar para niños abandonados, mendigos y vagabundos. Se organizan los primeros centros benéficos para paliar la situación: la Casa de Misericordia, el Hospital de Huérfanos, el Hospital de Peregrinos y la Hermandad del Santo Refugio dan cobijo a los necesitados.
Las frecuentes visitas reales rompen el ritmo de la vida cotidiana de la ciudad. Los reyes vienen a Zaragoza con el fin de jurar los Fueros y los ciudadanos lo celebran con grandes fiestas: banquetes, corridas de toros en la Plaza del Mercado, teatro en el Corral de Comedias, conciertos y fuegos artificiales. Felipe IV es el monarca más ligado a la capital aragonesa, al elegirla como cuartel general de sus ejércitos en la guerra de Cataluña. Con él viene el heredero, el príncipe Baltasar Carlos, que muere en nuestra ciudad a la temprana edad de 17 años; su corazón reposa, en el presbiterio de la Seo. Las visitas de los reyes traen consigo la presencia de numerosos personajes de la Corte: Lope de Vega -quien describe con precisión la ciudad en su obra El peregrino en su patria-, Velazquez y su yerno Juan Bautista del Mazo; ambos realizan, a petición del príncipe Baltasar Carlos, la famosa Vista de Zaragoza pintada desde la orilla izquierda del Ebro.
La tradición cultural de la centuria anterior se prolonga durante el siglo XVII a través de reuniones, tertulias y academias literarias mantenidas por los hermanos Argensola, Dormer, Blasco de Lanuza... Mientras, Baltasar Gracián dicta sus clases en el Colegio de la Inmaculada. A finales de siglo aparece en Zaragoza la prensa periódica, y ya en 1689 se publican dos diarios de noticias.
Frente a las adversas circunstancias políticas, económicas y sociales, el pueblo busca refugio en la religión. EL clero se duplica a lo largo del siglo XVII y en las ciudades, el número de conventos, iglesias y capillas crece sin cesar. En este ambiente de fervor popular tiene lugar el conocido Milagro de Calanda (1640), que hace aumentar de forma espectacular la devoción pilarista. El sentir popular exige la construcción de una nueva iglesia, cuya primera piedra se coloca en 1681.
La nueva espiritualidad, expresión de una época atormentada, es el motor del arte durante estos siglos. Es, sobre todo, el arte de la nueva Iglesia triunfante que sale de la Contrarreforma. El Barroco es el estilo artístico más arraigado en Aragón después del Mudéjar, y como éste, se manifiesta de manera singular en la arquitectura religiosa. Durante el último tercio del siglo XVII se produce una fiebre constructora en la capital; se levantan iglesias y conventos de nueva planta y se enriquecen los templos anteriores. Los nuevos edificios muestran una evidente influencia italiana en sus tipologías, mientras los exteriores son sobrios y puristas en la línea herreriana. La tradición mudéjar sobrevive en los materiales constructivos y aflora en la decoración que cubre profusamente el interior de algunas de estas iglesias.