Ayuntamiento de Zaragoza

Alcalde

Altavoz

Club Siglo XXI

Me enorgullece comparecer una vez más en esta prestigiosa tribuna, una de las más veteranas y relevantes en España a la hora de analizar los temas fundamentales de la agenda política de nuestro país.

Gracias a los organizadores por invitarme de nuevo y a todos ustedes por su amable predisposición a escucharme. Como Juez, como político, como Alcalde siempre me ha apasionado tratar de entender las claves de lo que me rodea y, más aún, me ha interesado tratar de vislumbrar sus "instrucciones de uso", esto es, las claves para transformar la realidad en un espacio vital de mayor libertad, bienestar, seguridad y belleza. No otros son, según creo, los objetivos de la política. Sin embargo, a las tradicionales complicaciones del oficio, la política añade hoy una creciente dificultad para entender el presente y mantener unas referencias ideológicas esenciales como puntos cardinales de su actuación.

Entiendo que es a esta situación a la que alude el ciclo "Gobernar la incertidumbre", organizado por el Club Siglo XXI y del que forma parte mi intervención.

Y el título del Ciclo es afortunado, pues si hay un término que define con amplitud y precisión las sensaciones que nos transmite la realidad del mundo en que vivimos, ése término es el de incertidumbre.

Mi conferencia examinará las consecuencias de esa situación desde el punto de vista de la política local y propondrá un diagnóstico, según el cual las ciudades van a incrementar su significado e importancia como lugar de convivencia y de construcción de la política en el próximo futuro.

Y, desde ahora, les anticipo que el contenido de mi intervención pretende ser nada más que una reflexión política sosegada y personal, ajena a las urgencias de la coyuntura política. Por lo tanto, no quiero decepcionar a quienes esperen alguna munición dialéctica para la batalla partidista.

Para mí, la campaña electoral no empieza hasta el 11 de mayo.

En este tiempo en el que se han difuminado las ideologías colectivas y en el que ni siquiera las religiones pueden seguir ejerciendo -aunque lo intentan- de respuesta omnicomprensiva a todos los problemas sociales y políticos, el individuo se encuentra desprotegido frente a la complejidad de un mundo que le desborda.

La sensación de incertidumbre por un porvenir que presenta rasgos crecientemente caóticos, está demasiado extendida. Para prevenir un exceso de subjetivismo, quizá deberíamos empezar por preguntarnos si esa sensación tiene bases objetivas. Lo cierto es que el bienestar y la riqueza están aumentando en grandes zonas del planeta. También lo es que se ha ensanchado la geografía de la democracia y que mejora el combate contra la enfermedad. Sin embargo, mucha gente se siente peor y recuerda el pasado como un tiempo más propicio o cuando menos más seguro.

Pienso que, de todos los argumentos contra ese pesimismo social, el más contundente es el de echar una mirada atrás.

Esa mirada demostrará que el pasado difícilmente resulta envidiable, ni para España ni para Europa.

No hace falta remontarse a las dos devastadoras guerras mundiales que asolaron el continente, ni en nuestro caso al terrible sufrimiento de la guerra civil y de la larga dictadura de Franco. Basta con rememorar a quienes creen vivir en un mundo muy inseguro, que hace sólo veinte años -¡sólo veinte años, aunque ahora parezca tan remoto!- Europa vivía bajo la amenaza de un creciente -y aterrador- despliegue de misiles nucleares. Por no hablar de que prácticamente la mitad de los europeos vivían hasta hace bien poco bajo un insoportable régimen de tiranía y opresión.

Los pesimistas vocacionales deberían saber, al menos, que sus análisis no son precisamente novedosos.

Hace ochenta años, el inevitable Ortega escribía lo siguiente: "Con más medios, más saber, más técnicas que nunca, resulta que el mundo actual va como el más desdichado que haya habido: puramente a la deriva". Una descripción que, seguramente, muchos suscribirían hoy y probablemente en cada momento de nuestra historia. Es el tópico más venerable y asombrosamente respetado del catálogo de saberes y dichos populares y -cosa curiosa- intelectuales.

Ahora, como siempre, lo único responsable es militar en el valor del optimismo, aunque se cotice a la baja en nuestro país.

El primer mandamiento de esa forma de ver y vivir la vida es predicar que no vivimos en el peor de los mundos posibles. Pero ni siquiera los optimistas militantes podemos ignorar que el pasado puede ser un cobijo irreal e imaginario -un trampantojo emocional con el que provocar una especie de esperanza retrospectiva.

Un prestigioso economista inglés, Richard Layard, ha llegado a la conclusión de que, para la mayoría de los occidentales, la felicidad no ha aumentado desde hace medio siglo, a pesar de que la prosperidad se ha más que duplicado. Si siguiera investigando es posible que llegara a la conclusión de que la felicidad no ha aumentado nunca, pues ni se crea ni se destruye. Tan sólo se transforma.

Lo significativo, con todo, es el mayor o menor grado de resignación con la que se recibe o se distribuye ese capital inmutable de felicidad. Y, por lo visto, corren malos tiempos en los dos ámbitos. No es una inquietud aislada ni anecdótica.

Incluso el semanario The Economist llevaba hace escasas semanas a su portada el debate genuinamente político sobre la felicidad.

Aquí, en la recia estepa española, aún no nos atrevemos a discutir de esas cosas, entre otros motivos porque nos parece sospechoso que algo tan inmaterial y subjetivo como el ser o sentirse felices o experimentar bienestar deba e incluso pueda ser objeto de la intervención de los poderes públicos. Pero, sobretodo, porque en la política española somos reacios a tratar de las cosas verdaderamente importantes.

Con todo, me sigue sorprendiendo que permanezcamos indiferentes frente a datos como los aportados por el propio Richard Layard: hoy, por ejemplo, en el Reino Unido son más las personas con incapacidad laboral por estrés o depresión que los que cobran el seguro de paro. Si alguien se molestara en investigarlo, llegaría en España a parecidas conclusiones.

¿Qué es lo que va mal, entonces, para hacer posible esta paradoja de que vivir más años, con más riqueza y con más libertad no suponga una mejor distribución de la felicidad tanto en términos objetivos como subjetivos?.

Y una pregunta aún más dura para los de mi oficio: si la política no sirve para eso, ¿para qué puñetas sirve?

Sea causa o consecuencia del actual estado de cosas, una de las evidencias más corrosivas es que nuestro mundo ha perdido de manera -me temo- irreversible, la fe en el progreso acumulativo y constante de la sociedad como una valor indefectible heredado del racionalismo científico de la Ilustración.

Hoy sabemos, o creemos saber -lo que viene a ser lo mismo-, que las cosas pueden empeorar, que la libertad puede retroceder, que se puede vivir con más miedo, que el nivel económico de nuestros hijos puede ser peor que el nuestro... Vivimos en un tiempo en el que el mundo afronta riesgos de una dimensión desconocida hasta ahora.

Si a ello añadimos la ya aludida falta de referencias ideológicas claras y la indicada pérdida de la fe en el dogma del progreso científico y tecnológico (que ha sido el motor de las sociedades occidentales durante los dos últimos siglos), los más débiles pueden tejer sin dificultad la cesta del pesimismo.

Y, aún desde el optimismo antropológico que la decencia aconseja, es imposible ignorar que vivimos en un mundo aceleradamente cambiante y de cuyos peligros ciertos nadie escapa, independiente de su lugar de residencia o de su condición social.

De los restos del naufragio de las grandes ideologías clásicas nos queda un auge imparable del individualismo -y, por lo tanto, una evidente dificultad para definir espacios de interés colectivo- y una virulenta acometida por parte de nuevos fundamentalismos. Y no es justo escandalizarse: constituyen la respuesta -aunque no racional- sí esperable, frente a la coyuntura de desconcierto y de cambio histórico en el que estamos insertos.

De vez en cuando, a lo largo de nuestra historia, resulta justo y necesario escribir, decir, estas palabras o, mejor, transmitir estos sentimientos. Y no pasaría gran cosa si no cometemos el error de quedarnos tan sólo con los rasgos más pesimistas y finiseculares del proceso, puesto que en las entrañas de ese mundo globalizado que está emergiendo hay también grandes oportunidades para construir un planeta más solidario, más libre y con más bienestar, donde sentir y repartir mejor la felicidad.

Todos creíamos que este principio de siglo XXI sería mucho más prometedor, con menos incertidumbre, con menos miedo, con menos desconcierto. Y que, por lo tanto, el oficio de la política sería más llevadero. Pues va a ser que no. Más vale que lo asumamos quienes, frente a toda clase de lógica, apostamos por lo público y por la denostada y -les confieso- apasionante cosa pública, esto es, por la política.

El Estado-nación y las grandes organizaciones internacionales se ven, lógicamente, afectadas por ese colapso de las grandes ideologías y por la emergencia de nuevos fenómenos sociales y tecnológicos que cuestionan conceptos básicos como la identidad, las fronteras y la capacidad de relación y actuación de los ciudadanos.

En este entorno problemático, las ciudades permanecen como el escenario natural de la vida del hombre moderno. Su protagonismo crece, y lo va a hacer más en el futuro. No sólo porque el proceso de urbanización a escala mundial sigue mostrando una fuerza imparable, sino porque la vida en la ciudad permite resolver sin conflicto la dualidad entre la identidad local y la actuación global que constituye una de las características imprescindibles de la vida actual, en las que la realidad misma "se ha vuelto cosmopolita", por utilizar las palabras de Ulrich Beck.

También me parece destacable el hecho de que en el auge del individualismo -y las nuevas tecnologías aún lo refuerzan más-, la ciudad aparece como el primer -y, a veces, único- cauce para recuperar un cierto sentido de comunidad, de lo público. Es decir, el lugar no sólo -como fue siempre- para empezar a construir la política, sino, lisa y llanamente, el lugar para hacerla. Quizá a través de formas y mecanismos inesperados en el catecismo de la política profesional.

Por ejemplo, si nos detenemos a analizar cómo están viviendo las ciudades este tiempo de cambio y de incertidumbre, uno de los fenómenos urbanos más llamativos es el extendido interés de muchas ciudades por dotarse de nuevas señas de identidad mediante la construcción de grandes iconos arquitectónicos. Aparentemente no es una novedad en la historia de las ciudades, puesto que siempre ha existido la voluntad explícita de utilizar la arquitectura para caracterizar una época, enaltecer a los poderes dominantes o atraer la atención de vecinos y visitantes.

Tradicionalmente, esos grandes monumentos han sido los templos religiosos y las sedes del poder político. Catedrales, conventos, palacios y castillos servían para albergar las funciones específicas de su propia actividad, pero también y, sobre todo, para transmitir el discurso ideológico dominante: quién manda y en qué cree. En tiempos más recientes, se empezó a producir una renovación en los usos atribuidos a esos grandes iconos arquitectónicos. Se volvieron más civiles. Estadios deportivos, grandes museos, auditorios o las oficinas judiciales empezaron a tomar el relevo en el campo de la semiótica urbana. Aunque con otro carácter, estos grandes edificios respondían a la misma finalidad: ser el buque insignia de una determinada época, el legado de una generación en el poder que utilizaba el cemento, el acero y el cristal para codificar sus certezas.

Hoy asistimos a una verdadera y novedosa edad de oro de las grandes obras arquitectónicas urbanas.

De alguna manera, el efecto Beaubourg ha contagiado a numerosas ciudades en todo el mundo al demostrar que, junto a los efectos positivos de revitalización del barrio donde se enclava, se lograba un beneficio muchísimo mayor a través de la creación de una marca de ciudad vinculada al diseño, la vanguardia o la innovación cultural.

Si en el inicio de este fenómeno, estas expresiones arquitectónicas seguían siendo una muestra de la capacidad o el talento de las elites de la ciudad de acuerdo con un programa propio de necesidades, hoy nos encontramos con que la arquitectura simplemente forma parte de la competición cada vez más exacerbada entre las ciudades para atraer inversiones, talento y visitantes.

Así, los iconos arquitectónicos ya no sirven de soporte a la ideología, como habían hecho tradicionalmente, sino que la sustituyen. También aquí, el medio es el mensaje.

Nos encontramos con una ausencia de liderazgos políticos, que se corresponde con la falta de un discurso político que dé respuesta a los desafíos del tiempo presente.

En todo ello subyace, finalmente, el ocaso de los viejos grandes ideales. Mientras los nuevos valores terminan de hornearse y mientras sus subsiguientes líderes maduran, lo dramático es que se observa un progresivo deterioro de la llamada sociedad civil, que en algún momento pudo ser vista como una alternativa ciudadana a la crisis de la política. Es justo ahí, en esa crisis de significados y significantes, donde adquiere todo su sentido que las ciudades hayan exacerbado su devoción por los grandes hitos arquitectónicos: las referencias estéticas y formales siempre son importantes, pero valen su peso en oro en ausencia provisional de referentes éticos significativos.

Alcaldes y gobiernos de todo signo político, de todo tipo de ciudades y en los lugares más distantes del mundo, están -estamos- embarcados, para delicia de los arquitectos, en la frenética carrera de intentar sacar a nuestras ciudades, mediante la magia del diseño, del anonimato urbano.

El catedrático Luis Fernández-Galiano afirma en este sentido que "el fervor por las construcciones emblemáticas despertado en los políticos por el efecto Guggenheim ha permitido canalizar hacia ellas sumas ingentes de dinero, abundante talento formal y no menos copiosa pericia técnica. Como resultado, las obras simbólicas se han convertido en la Fórmula 1 de la arquitectura, un circuito en el que compiten las mejores escuderías y los mejores pilotos, al servicio del espectáculo desde luego, pero al servicio también de la investigación y la innovación".

Pero, con todo, hay diferentes formas de participar en la carrera. No todas las escuderías pretenden lo mismo. Las hay que tienen discurso y también curso narrativo y contenido. Las hay, por el contrario, que sólo tienen continente, que se limitan a cubrir de garabatos arquitectónicos su vacío conceptual.

Las nuevas catedrales laicas que por doquier se están levantando sólo tienen sentido en la medida en que, como ocurrió con las otras catedrales, sepan traducir su concepción de la vida en la ciudad, sepan integrarse en las relaciones con los ciudadanos y, sobretodo, sean verdaderamente contemporáneas, reflejando la fuerza simbólica apropiada a la Era de la Información en que vivimos. Manolo Castells antepone a cualquier consideración crítica sobre el sentido cultural de esa arquitectura monumental y, en muchos casos, acultural su función urbana:

"Sin centralidades significativas, las ciudades dejan de funcionar como integradores culturales de significados diversos. Sin catedrales, no hay significado trascendente, y sin trascendencia, las identidades culturales segmentadas se convierten en tribus urbanas".

Lo esencial es lograr ese objetivo sin perder la identidad local o, mejor, manteniendo la conexión con el alma de la ciudad.

Queda claro, pues, que necesitamos nuevas catedrales -igual que seguimos necesitando las antiguas- para asegurar que las ciudades siguen cumpliendo su papel integrador y de referencia simbólica. También es evidente que resultaría extemporáneo reclamar una monumentalidad aferrada en exclusiva a la cultura local.

Pero me permito manifestar mi opinión de que es preciso ser prudentes a la hora de abordar esa tarea.

Posiblemente todos tenemos en nuestra retina imágenes de algunos magníficos edificios construidos en España en los últimos años sobre los que nos resultaría difícil hacer un juicio positivo en cuanto a su rentabilidad social. Sin entrar en el campo de la crítica arquitectónica -terreno sólo aconsejable para atrevidos especialistas-, pienso que desde los poderes públicos es exigible a la hora de abordar la construcción de estas nuevas catedrales el máximo rigor para evitar algunos de los problemas más comunes en que incurren estos proyectos: coste desproporcionado, incluso teniendo en cuenta una generosa valoración de los retornos intangibles a largo plazo; falta de contenidos que justifiquen la grandiosidad del continente; y sacrificio de la funcionalidad, el confort de los usuarios y la facilidad de mantenimiento en aras de siempre discutibles criterios estéticos.

Pero, advertido ese peligro, estoy firmemente convencido de la valiosa función urbana y social que la arquitectura emblemática ha cumplido a lo largo de los siglos y de cómo hoy esa contribución es quizá más necesaria que nunca.

Cuando las cosas se hacen bien, la construcción de una nueva identidad urbana retroalimenta un círculo virtuoso de crecimiento, de nuevos proyectos, de autoafirmación ciudadana y de atracción de visitantes.

A estas alturas -cuando llevo hablando más de 20 minutos- me reconocerán que es un récord que, siendo alcalde de Zaragoza, aún no haya hablado de mi ciudad. Hacerlo ahora no es sólo un deber y una vocación, sino además, una lógica consecuencia de todo lo que hasta aquí he dicho, pues mi ciudad, Zaragoza, está en un momento fascinante de transformación.

Creo sinceramente que el desarrollo de las grandes obras vinculadas a la Expo 2008 responde de forma adecuada a los patrones de la singularidad "buena", contención, excelencia y arraigo cultural y ciudadano.

Su efecto duradero en la nueva identidad de la ciudad, en la creación de una marca de éxito para la Zaragoza bimilenaria en la sociedad global y, sobre todo, en la producción de sentido de lo público y de valores ciudadanos, se constatará con el paso de los años.

Pero hoy ya tenemos indicios consistentes de que se está avanzando por el buen camino.

La convivencia con el río, el deber de la sostenibilidad medioambiental, la celebración de una cultura del agua renovada pero con profundas raíces históricas, el reconocimiento de la sabiduría de la arquitectura popular, la memoria de la ciudad y de sus ambiciones de futuro, son directrices reconocibles en todo lo que se está construyendo para la Expo.

Esto se aprecia de forma muy especial en el extraordinario legado de arquitectura e ingeniería contemporáneas que la Exposición va a dejar en Zaragoza, con obras tan espléndidas como: el Pabellón-puente, de Zaha Hadid; la Torre del Agua, de Enrique de Teresa; el Pabellón de España, de Patxi Mangado; el puente del Tercer Milenio, de Juan José Arenas; la pasarela sobre el Ebro, de Javier Manterola; el palacio de congresos, de Fuensanta Nieto y Enrique Sobejano; o el Pabellón de Aragón, de Daniel Olano; por citar sólo algunas de las más llamativas.

Más allá de este fenómeno específico de la arquitectura simbólica, vivimos en un tiempo en el que, precisamente por el desasosiego y las dudas creadas por un proceso de cambio acelerado, las ciudades están viendo realzado su papel central en la vida social, económica y política.

La ciudad es a la vez la forma más sofisticada de la vida en comunidad y también la más primaria, porque nos vincula a la idea del claustro materno, al refugio al que volver para protegernos frente al estupor y la incertidumbre que nos causan los fenómenos generales.

Esa es, creo, la razón profunda por la que avanzamos hacia una Sociedad de las Ciudades. No es exactamente, aunque lo recuerde, una vuelta a las Ciudades-Estado. Pero sí es una respuesta a la crisis del Estado-Nación.

Este fenómeno -en efecto- no debe ser visto como un reflujo histórico, como una especie de nueva Edad Media que, como tal, sería un retroceso. Porque las nuevas ciudades a las que me refiero ya no necesitan realmente incorporar la noción de un mini-Estado a su caracterización conceptual. Ya no cabe hablar de una única ciudad, aislada y soberana. Al contrario, las nuevas ciudades operan de hecho en red.

Su poder invisible, intangible, pero muy, muy real, viene dado por su pertenencia a una red mundial de ciudades que se reparten un cierto número de funciones globales -funciones que, en todo caso, cada vez están más fuera del ámbito de control de los Estados-.

Desde mi experiencia como alcalde -y con la perspectiva que me da el haber pasado antes por otros ámbitos del poder estatal- puedo decir que para cualquier ciudad con una cierta relevancia hoy es más decisivo, y consume más atención de sus gobernantes, el cómo competir y relacionarse con otras ciudades en el mundo que el modelo de relación con los niveles superiores de la administración de su región y de su país respectivo.

Es obligado constatar, una vez más, que las restantes administraciones se siguen negando a reconocer el papel central de las ciudades como motores del progreso y recreación de la política para el tiempo que viene.

Buena prueba de esto es que el conjunto de los ayuntamientos seguimos estancados en el 13 % del total del gasto público, según los últimos datos publicados por la Intervención General del Estado para el año 2005. Mientras en sólo cuatro años el porcentaje del gasto público a cargo de las comunidades autónomas ha pasado del 33,8 al 36,4 %, los ayuntamientos seguimos estancados, ejerciendo más competencias de las que nos están legalmente reconocidas y afrontando un problema financiero permanente.

La ceguera o el prurito competencial de otras administraciones (o ambas cosas a la vez) nos obligan a buscar en otros ámbitos las soluciones para las necesidades de nuestros vecinos.

Sería nefasto para los intereses de la gente real persistir en el error, y negarse a comprender. Lo sensato sería acompañar con las decisiones oportunas el nuevo papel que las ciudades estamos ejerciendo ya de hecho en la nueva sociedad.

Me gustaría, por otro lado, tranquilizar a los defensores acérrimos de las variadas y múltiples esencias patrias. No deberían alarmarse en exceso, porque esas nuevas redes mundiales de ciudades difícilmente pueden tener articulación institucional. Sería contradictorio con su propia inspiración fundacional.

Se trata simplemente de reconocer que el emergente poder de las ciudades en la sociedad informacional y su tendencia natural a crear densas relaciones de intereses entre ellas por encima de fronteras regionales o nacionales constituye un fenómeno notable y novedoso cuyos efectos en la organización política del territorio no es razonable seguir ignorando. Aceptado como un hecho este rol de las ciudades, es necesario analizar la situación y expectativas de los ciudadanos, puesto que no puede darse por sentado que ambas realidades coincidan.

Al fin y al cabo, cuando hablamos de la incertidumbre del tiempo presente nos referimos ante todo a sentimientos y sensaciones de las personas, no de las instituciones o las organizaciones políticas que, en principio, ni siente ni padecen, son los individuos, uno a uno considerados- quienes sufren o se preocupan por el desafío de una vida que resulta cada vez más compleja, atropellada y desbordante.

Por eso la pregunta clave para un político es o debería ser: ¿Qué aspectos de la experiencia vital de las personas deben ser tenidos en cuenta prioritariamente para esbozar las políticas del futuro?. Para intentar una respuesta fiable, debemos partir de que las redes tradicionales de socialización están cambiando y de manera más radical de lo que pudiera parecer.

Cada vez más la vida de la gente se construye entre dos escenarios simultáneos y superpuestos.

Por un lado, la proximidad de su casa, su barrio, su ciudad, con sus fábricas y oficinas, sus atascos, sus bares, sus centros comerciales y sus parques para pasear. Y, de otra parte, un espacio virtual en el que habitan la agenda de su teléfono móvil, su lista de contactos del correo electrónico, sus favoritos de Internet. Toda una familia, telemáticamente enlazada, de amigos, familiares o colegas de ubicación impredecible: en la manzana de al lado o en Australia.

El fenómeno de la "mundialización de la vida" personal, de la que ya hablaba Ortega con extraordinaria intuición, ha sufrido una aceleración exponencial debido a la universalización de las tecnologías de la información. A los que ya tenemos cierta edad o mostramos menos propensión al uso de estas tecnologías podrá extrañarnos, pero la incipiente existencia de esa dualidad entre lo presencial y lo virtual es una realidad incontestable en la vida de mucha gente. Gente a la que no hace falta explicarles estas teorías sobre la sociedad-red y las redes de ciudades, porque viven en red.

Ya nadie es sólo su realidad presencial inmediata y visible: yo soy yo y mi (circunstancia) avatar en Internet.

Al mismo tiempo, observamos en nuestras ciudades cómo cambian aceleradamente las pautas de la vida familiar. El modelo más numeroso en términos absolutos en España es el hogar unipersonal, que prácticamente duplicó su porcentaje sobre el total nacional en la década de los noventa. Los datos de una ciudad como Zaragoza nos dicen que la mitad de los hogares están habitados por sólo 1 ò 2 personas.

Este modelo favorece el crecimiento del individualismo como patrón de conducta social y de pensamiento. También lo hace la creciente competitividad y deterioro de las condiciones laborales -sobre todo para los jóvenes-.

La conclusión es una erosión de las circunstancias de la vida personal. Falla o no tiene la misma solidez el colchón de la familia. La seguridad del empleo es una quimera y, sobretodo -perdonen la insistencia- falta el soporte ideológico para comprender el mundo y dotar a nuestras vidas de las suficientes dosis de esperanza de mejora.

La profundidad de ese cambio va mucho más allá de lo que afecta a la vida personal y sus instrumentos de socialización. Se observa también en la creciente fragmentación de los mercados y de las audiencias, que están pasando de ser mercados de masas a ser mercados de nichos.

La revolución tecnológica está permitiendo quizá algo que encantaría a los filósofos posmodernos franceses: una inesperada deconstrucción de las superestructuras de masas que han caracterizado la forma de vida de Occidente en el siglo pasado.

Cierto es que no ha habido ni revolución ni implosión, ni ninguna otra palabra llena de "grandeur", sino la súbita adquisición por los individuos de una gran capacidad de autonomía personal y poder de decisión para definir el funcionamiento de los mercados, de la producción cultural, de los instrumentos de comprensión e interpretación de la realidad; para tomar en definitiva el control de su propia vida.

Nos encontramos ante una estimulante paradoja: mientras las condiciones del entorno global se vuelven más difíciles, los individuos están recuperando la iniciativa y su poder de influencia directa sobre lo que ocurre en sus vidas. El nuevo proceso de individualización presenta, por ello y de manera inevitable, rasgos que oscilan entre la acracia y el comunitarismo.

Buena parte de los llamados -con optimismo- políticos profesionales, se niegan a comprender que el perfil de los ciudadanos y de su conducta política ha variado de modo significativo.

Están hoy más informados que nunca y manejan información recibida no sólo a través de los medios de comunicación convencionales, sino obtenida muchas veces de fuentes directas e indirectas, y de medios alternativos o paraoficiales de creación de opinión. Son, por ello, ciudadanos exigentes, que no se conforman con cualquier explicación.

Son ciudadanos acostumbrados a una mayor autonomía e independencia personal en lo que respecta a su capacidad de elegir, de relacionarse, de viajar, de comprar, de contactar con quienes comparten sus mismos intereses, de buscar sus oportunidades de estudio, de trabajo o de ocio. Valoran tener el mayor grado posible de control sobre sus vidas.

Son ciudadanos que ni esperan a mañana a leer el periódico, ni a la próxima temporada para comprar un artículo de moda, ni a tener dinero para disfrutar de la música que les gusta. Viven "en tiempo real" y les gusta que las cosas ocurran aquí y ahora.

Están más conectados -casi diríamos hiperconectados- con un entorno social mucho más amplio que el que pudo tener ninguna generación anterior, pero al mismo tiempo parece producirse una menor implicación en los asuntos generales, como si la voluntad de intervención social terminase allí donde acaba la posibilidad de actuar o influir directamente y no por delegación o simple empatía.

Estos atributos del nuevo ciudadano del siglo XXI tienen una influencia causal directa en fenómenos como el desapego o desconfianza hacia la política y los políticos tradicionales, y su menor fidelidad ideológica, lo que -entre otras cosas- explicaría el creciente problema de las encuestas electorales para anticipar con certeza los resultados de las urnas.

No es eso, con todo, lo más grave, pues de manera paralela se está produciendo la pérdida de los signos y de los valores sobre los que se asienta, tradicionalmente, la convivencia. En la medida en la que el individualismo se exacerba, la autoridad se deslegitima, el mundo se vuelve hostil, decaen las normas de urbanidad y crece el vandalismo.

Tenemos -y los Alcaldes lo sabemos bien- un problema real -aunque no deberíamos magnificarlo- de deterioro de las conductas ciudadanas, que plantea muchos quebraderos de cabeza a los gobiernos locales. Lo más grave -con todo- es que carecemos al mismo tiempo del discurso político adecuado capaz de regenerar esa situación. Necesitamos, sin duda, reconstituir algún tipo de ética ciudadana, un vínculo compartido de valores cívicos en el que la inmensa mayoría de los ciudadanos se reconozca. Necesitamos el cemento con el que fortalecer el tejido social imprescindible para que la vida no sea un erial de instituciones lejanas e individuos competitivos.

Seguramente, algo muy parecido a lo que Victoria Camps viene preconizando desde hace años como "virtudes públicas", sin las cuales, dice, la democracia es una ficción. Unos nuevos valores basados en una ética apropiada a los tiempos y desafíos que vivimos.

Camps destaca tres: la solidaridad, la responsabilidad y la tolerancia, actitudes que sin duda suscribiríamos todas como fundamento de una convivencia ciudadana plenamente democrática.

El problema, por desgracia, no es hoy encontrar esos "objetos éticos de deseo". El verdadero reto es cómo inculcarlos, como hacer que pasen a formar parte de los valores asumidos, sentidos por todos los ciudadanos.

Para esa tarea no podemos contar sólo con la religión, con las religiones -que en el pasado hicieron eficazmente ese papel pero que hoy ya no cuentan con la unanimidad suficiente para ello-, ni tampoco, por la misma razón, con ese otro tipo de grandes creencias laicas que las ideologías tradicionales han aportado a la hora de configurar un cierto orden social.

Hoy, en definitiva, cualquier estrategia debe pasar por el individuo, por el ciudadano.

Aunque sea una figura que los sectores neoconservadores han atraído a su parcela, nada debería impedirnos, casi dos siglos después, dar la razón a Alexis de Tocqueville en su convencimiento de que las virtudes cívicas y los buenos ciudadanos pueden llegar incluso a ser más importantes que las instituciones para una sociedad libre.

Al fin y al cabo, nada es posible ni deseable, si no pasa por la asunción plena de que la política hay que empezar a construirla a partir de la consideración del individuo como sujeto portador de derechos.

Este punto de partida, lejos de ser un lugar común, constituye un primer axioma capaz de generar una nueva forma de hacer política. Una política que pasa del paternalismo del Estado al reconocimiento de nuevos derechos individuales al servicio de los que deben trabajar los gobiernos. Puesto que vivimos en una sociedad de ciudadanos mejor informados, más autónomos y más exigentes, cualquier otra oferta de menor calado no sería aceptada.

Lo mejor que ha hecho Rodríguez Zapatero en su Gobierno ha sido precisamente el diseño de nuevas políticas a partir del reconocimiento de nuevos derechos esenciales de los ciudadanos: desde la ampliación de libertades individuales hasta el derecho a recibir atención permanente cuando se está en situación de dependencia.

Se trata de un camino irreversible. En los próximos años veremos crecer ese tipo de políticas y ese tipo de políticos. Para empezar, asuntos como el derecho a la vivienda van a cobrar un gran protagonismo. Desarrollo normativo de nuevos derechos: ese es el único futuro de las políticas generales y también de las locales.

La ciudad es el escenario idóneo e insustituible para iniciar esa nueva forma de hacer política que tiene que empezar y terminar en el ciudadano.

La política local permite una aproximación positiva, eficaz e integradora del derecho individual y del interés colectivo. Es decisiva a la hora de materializar o no los derechos individuales de cada ciudadano a su seguridad, a su bienestar y a su libertad.

Esos derechos se hacen reales muchas veces a través de acciones públicas locales percibidas personalmente por los vecinos. Pero la política local crea un segundo círculo de recursos para hacer posible la provisión de ciertos servicios a través de los equipamientos públicos de los distritos y los barrios. Este segundo nivel debe garantizar el acceso en proximidad a servicios básicos de salud, cultura, educación o participación. Y un tercer "anillo" de servicios y prestaciones debe proveer, a escala de ciudad, de servicios y derechos más complejos, que completen en el marco general de la ciudad una gran parte de las necesidades personales y sociales del individuo: desde los grandes eventos culturales, hasta el disfrute de grandes parques o la posibilidad de acceder a una extensa red de transporte público.

Desatender cualquiera de esos tres niveles es hoy un error que bloquea el objetivo de asegurar la cohesión social y la no exclusión.

Así, el gobierno municipal que presido puso en marcha, en paralelo a ese gran proyecto de la Expo -que formaría parte también de ese tercer nivel de servicios ciudadanos más sofisticados-, el más ambicioso programa de inversión en equipamientos públicos de barrio que haya tenido nunca Zaragoza.

Se trata de hacer tangible, comprobable que los beneficios que la Exposición Internacional va a traer a la ciudad van a ser efectivamente disfrutados por todos los ciudadanos en su entorno más próximo, independientemente de la zona donde vivan.

Un segundo campo esencial de actuación de la política local es la producción, cualificación y preservación del espacio público.

Cuando antes me refería a la importancia de los símbolos arquitectónicos en la construcción de la identidad y la competitividad de la ciudad moderna, ya dije que dichos atributos o están íntimamente vinculados a la mejora y el servicio del espacio público que generan o serán un despilfarro inútil. El espacio público es la esencia de la ciudad, el núcleo de su conocimiento y experiencia, su razón de ser.

Hay muchas tendencias que, abiertamente o de forma discreta, actúan hoy en día en contra del espacio público en nuestras ciudades.

Combatirlas es esencial para asegurar la cohesión social, el bienestar ciudadano y el sentido de pertenencia e implicación. Pero es que, además, puede servir como la mejor pedagogía posible para que los ciudadanos hagan suyos los valores cívicos y generen una conciencia libremente asumida del interés general que tiene la convivencia.

En esta línea, en Zaragoza el Ayuntamiento está promoviendo un proyecto altamente singular de transformación urbanística de una gran zona en el centro mismo de la ciudad, en el que con la colaboración del Ministerio de Fomento y el Gobierno de Aragón estamos desarrollando una propuesta innovadora de recreación y cualificación al máximo nivel del espacio y los equipamientos públicos, mediante la utilización de las nuevas tecnologías digitales.

Una experiencia -llamada Milla Digital- que, con el asesoramiento de algunos de los mayores expertos mundiales en la materia, nos permitirá maximizar el uso del espacio público.

Milla Digital va a ser, sobre todo, un espacio público agradable, abierto a todos, divertido y sorprendente. Un lugar donde la tecnología será sólo una ayuda y no un elemento hostil y omnipresente.

Una red de parques, plazas y calles donde uno podrá jugar y escribir sus mensajes en una cortina de agua o en un grafiti digital, asistir a conciertos en vivo transmitidos desde otros lugares, obtener información en su móvil de los servicios de transporte o los restaurantes de la zona, o sentarse a trabajar con su ordenador portátil durante un rato en un rincón del parque. Una propuesta innovadora, en definitiva, sobre cómo construir la ciudad tradicional en los tiempos de la tecnología digital.

Un tercer ámbito interesante de actuación es la reforma del gobierno local. La combinación de ciudadanos más exigentes y preparados y de las nuevas herramientas que proporcionan las tecnologías de la información acentúa la necesidad de poner en marcha un proceso permanente de adaptación de los mecanismos de gobierno locales para ir dando respuesta a aquello que para muchos ciudadanos es hoy algo fuera de toda discusión:

la posibilidad de participar activa y cotidianamente en los procesos de toma de decisión; el derecho a acceder al máximo posible de información sobre los temas que le conciernen; la inmediatez de las actuaciones; la interacción personal y directa con las instituciones; la determinación de los mecanismos de responsabilidad frente al ciudadano; el aseguramiento de la calidad de los procesos administrativos, etc.

Este tercer frente, aunque se vienen produciendo avances y experiencias significativas, se está desarrollando mucho más lentamente y con más timidez de lo necesario. En mi opinión, la articulación de las políticas locales a través de las líneas antes apuntadas se traduciría en la existencia de unos ciudadanos más comprometidos y más identificados con el interés público de su ciudad. Y por tanto, con una ciudad mejor, más humana, eficiente e integradora.

Antes de terminar quisiera poner los pies en el suelo más inmediato -que es lo genuino de cualquier Alcalde-. Mientras esos resultados a largo plazo no nos alcancen, sería bueno ser precavidos y fomentar de forma más inmediata, no sólo esos valores generales del buen ciudadano, sino de manera urgente, las virtudes del buen vecino.

No tengo ninguna duda de que el camino de la excelencia comienza siempre por lo más básico. Fomentar las buenas maneras, la buena educación, el respeto ciudadano, será siempre una apuesta segura. Desde luego, es algo imperativo en las grandes ciudades, donde el miedo al reflejo autoritario está desembocando en una pérdida alarmante de las más elementales pautas de urbanidad. Mientras alcanzamos nuestros grandes ideales, bueno será, al menos, hacer posible una convivencia grata entre nosotros.

Permítanme terminar con otra cita de Tocqueville, excelente para mantener nuestra esperanza: "Es en el municipio -dice- donde reside la fuerza de los pueblos libres. Las instituciones municipales son para la libertad lo que las escuelas primarias para la ciencia: la ponen al alcance del pueblo, le hacen gozar su uso pacífico y le acostumbran a servirse de ella. Sin instituciones municipales, una nación puede darse un gobierno libre, pero no tendrá el espíritu de la libertad"

Muchas gracias