Comisario,
Estimados amigos:
Zaragoza comparece hoy aquí en su doble condición de anfitriona y de participante en esta Expo 2008 para celebrar el Día de Honor de nuestra ciudad.
Falta sólo una semana para que la Expo cierre sus puertas y creo, por ello, que es una buena ocasión para unir la celebración y el balance.
Celebración y homenaje a esta gran ciudad, de la que tengo el inmenso honor de ser su alcalde en uno de sus periodos más creativos y prometedores.
Balance de todo cuanto hemos compartido, de todo cuanto hemos sentido, de lo que hemos logrado. Y, más importante todavía, de las nuevas metas que este verano excepcional nos ha inspirado.
Ante todo, en nombre de la ciudad de Zaragoza, quiero transmitir nuestra gratitud y reconocimiento a todos cuantos nos han visitado.
Desde las más altas personalidades internacionales hasta el más anónimo visitante, para Zaragoza ha sido un honor tenerles entre nosotros, contar con su aprecio y su experiencia.
Después, mi gratitud sin tasa ni medida a todos los vecinos y vecinas de Zaragoza, los grandes protagonistas de esta emocionante empresa.
Todos, vecinos y visitantes, recordaremos la Expo para siempre. Sólo por eso ya merecía la pena.
Zaragoza no se ha conformado con ser la ciudad sede de la Expo. No se ha conformado con haber impulsado de manera decisiva el proyecto. Ni tampoco con haber sido actor principal en su realización y organización.
Ha querido -además- ser uno de los más de 140 participantes en la Expo y lo hemos hecho con un Pabellón que tiene un objetivo claro diseñado y concebido por Mario Gaviria: ser el lugar de encuentro de los zaragozanos y a la vez el escaparate en el que enseñar al mundo lo más valioso de nuestra ciudad: nuestra gente, nuestra tupida red de organizaciones sociales y ciudadanas, nuestra gran cohesión social.
Hoy podemos decir que el objetivo se ha cumplido. Enhorabuena a todos los trabajadores del pabellón. Lo habéis hecho muy bien.
Además, Zaragoza ha contado, (junto a la puerta del Pabellón Puente), con el Pabellón del Agua Digital, una instalación innovadora y sorprendente que, además de servir de punto de información turística, nos ha permitido mostrar lo que en materia de desarrollos tecnológicos en el espacio urbano se propone hacer Zaragoza en los próximos años.
También podemos estar satisfechos de cómo han funcionado los servicios públicos implementados para el buen funcionamiento de la Expo y del conjunto de la ciudad durante este periodo: en especial el servicios de autobús, el tren de cercanías, los bomberos, y la policía local.
Tal y como preveíamos se ha incrementado exponencialmente el número de turistas, el número de viajeros del AVE, el número de pasajeros del aeropuerto o el número de pernoctaciones. También lo ha hecho la actividad cultural, no sólo dentro de la Expo, sino en el conjunto de la ciudad.
En este sentido, es de justicia mencionar el ciclo extraordinario de conciertos programado conjuntamente con Expoagua en el Auditorio de Zaragoza -y que nos ha deparado algunas veladas musicales memorables- y la potente oferta de exposiciones en diferentes lugares de la ciudad, entre las que debo destacar, por su esfuerzo y su acierto, las organizadas por Ibercaja.
La Expo ha determinado también la aparición de nuevas formas de vivir y disfrutar de la ciudad.
Me refiero a la navegación por el Ebro y en el parque metropolitano; al telecabina; y sobre todo al uso de la bicicleta que ha experimentado un evidente crecimiento no sólo por el servicio de alquiler de bicicletas, sino por el incremento del uso de bicicletas particulares y no sólo para usos recreativos.
Aunque, sin duda, el efecto más potente de la Expo ha tenido lugar en el terreno de las infraestructuras y de los equipamientos: los 40 kilómetros de parque lineal verde a lo largo de las riberas del Ebro, del Huerva, del Gállego, del Canal imperial; el maravilloso Parque Fluvial Luis Buñuel, el cierre del Tercer Cinturón y del 4ª, los puentes de Zaha Hadid y Arenas, las pasarelas peatonales (la del Voluntariado), las estaciones, los nuevos paseos y avenidas, el cámping municipal, la Torre del Agua de Enrique de Teresa, el Pabellón de España de Patxi Mangado, el Palacio de Congresos de Enrique Sobejano y Fuensanta Nieto, el Pabellón e Aragón de Daniel Olano y Alberto Mendo, el futuro Parque empresarial que culminará Lamela?.La lista es prácticamente interminable.
Podemos además sentirnos orgullosos del tiempo récord en que se han ejecutado esas inversiones -incluida la propia construcción de la propia Expo.
No tengamos miedo a las palabras. Ha sido una auténtica proeza que no hace sino demostrar la competencia de nuestros profesionales, de nuestros trabajadores, de nuestras empresas y, porque no decirlo, de nuestros administradores.
El paso del tiempo irá incrementado la relevancia de lo que se ha logrado y el tremendo impacto que estas obras han tenido a la hora de mejorar radicalmente la fisonomía de nuestra ciudad y su funcionamiento, dejando atrás para siempre los tiempos de la indefinición, la despreocupación estética y el anonimato.
Debemos sentirnos orgullosos de pertenecer a la generación que ha hecho con su trabajo y con su corazón esta Expo y que ha llevado a cabo la más importante transformación urbanística de Zaragoza en toda su historia. Es una generación excepcional, que ha demostrado ser capaz de acometer los más ambiciosos proyectos.
La inmensa mayoría de vosotros me conoce y sabe que soy de lo que piensan que a los zaragozanos nunca nos sobra el felicitarnos un poco. Pero hoy, día 7 de septiembre, el Día de Zaragoza en la Expo 2008, eso no es lo más importante.
Lo más importante es hablar del día después, de cuál será el rumbo de nuestra ciudad, de qué haremos con este caudal excepcional de energía, de trabajo, de talento que han hecho posible la proeza.
Como Alcalde os aseguro que las luces que ha encendido la Expo, nunca se volverán a apagar. Como Alcalde me comprometo a que la Expo no sea un episodio efímero de nuestra historia, si no un punto de no retorno en su objetivo de llegar a ser la ciudad de tamaño medio más dinámica del Sur de Europa.
Y para lograrlo tenemos el deber ético de ser rigurosos y exigentes. Siéndolo, tendremos que reconocer que no hemos hecho otra cosa, en realidad, que recuperar el tiempo perdido. Simplemente nos hemos puesto a la altura de nuestros competidores, que habían empezado la carrera antes que nosotros.
Ahora podemos competir en igualdad de condiciones, con las mismas cartas. Por eso, ahora es cuando tenemos que ser capaces de hacer algo diferente, innovador, que nos identifique como una ciudad emergente. Y lo vamos a hacer, no tengáis ninguna duda. En los próximos meses iremos presentando una serie de iniciativas encaminadas a tal fin.
Lo esencial es continuar y redoblar los esfuerzos. La dura competencia entre ciudades exige no frenar el proceso de cambio.
Una de las tareas pendientes -y no la menos- es aprovechar y extender la excepcional red de relaciones internacionales que se ha empezado a construir durante Expo 2008.
Tanto a nivel institucional, como en el ámbito empresarial, como en el de la cultura o del tejido asociativo, Zaragoza tiene hoy más presencia y más oportunidades que nunca en todo el mundo.
Nos equivocaríamos gravemente si pensáramos que el esfuerzo de internacionalización ya está hecho y que ahora toca volver a los cuarteles de invierno, a encerrarnos en nuestra pequeña realidad de antaño.
La historia dirá que la Expo ha significado el mayor impulso modernizador de la ciudad de toda su historia.
Dirá que nos ha abierto una oportunidad excepcional de posicionamiento internacional en el campo de la gestión del agua.
Dirá que ha proporcionado empleos, riqueza e infraestructuras.
Dirá que nos permitió enfrentarnos a la actual crisis económica en condiciones mucho mejores que las que teníamos en el pasado.
Pero sobre todo quiero que diga -y dirá- que Zaragoza no se paró después de la Expo.
Entretanto, no es mala idea hacer caso del consejo que en este mismo lugar nos dio el Alcalde de Sevilla. Nos advirtió contra el peligro, cuando termine la Expo, de "echarles cuenta -de hacer caso en andaluz- a los agoreros y a los pesimistas".
No creo que vaya a tener mucho éxito porque la generación de la Expo ha demostrado que es gente que prefiere actuar a lamentarse.
Que valora más a quienes se arriesgan que a aquellos que nunca se mueven por temor a fracasar.
Que cree en la fuerza irresistible de la voluntad como argumento principal para conseguir grandes objetivos.
En suma: Los agoreros no son parte relevante de esa generación.
Digan lo que digan los agoreros y los pesimistas, lo cierto es que la ciudad cuenta con grandes proyectos en ámbitos muy distintos. En vivienda protegida, en nuevos sistemas de transporte, en nuevos equipamientos culturales, en materia de proyección turística, en logística, en reciclado, en energías alternativas, en tecnología, en la industria, en áreas comerciales y de entretenimiento,...y un largo etcétera.
Claro que no nos faltan problemas:
Tenemos muchas necesidades que atender y no todos los recursos de que nos gustaría disponer.
Tenemos que ajustar nuestra organización y nuestros procedimientos a la realidad de una ciudad más grande, más completa, más internacionalizada.
Tenemos que prestar más atención, sin dejar de impulsar los grandes proyectos, a las políticas de lo pequeño, de lo cotidiano, de la gente.
Y nos queda aún dos grandes tareas al menos: Cerrar y reequilibrar la ciudad hacia el Este para compensar el enorme peso específico que ha adquirido Ranillas y el entorno de la Estación Intermodal. Y, en segundo lugar, el dar un empujón definitivo a la revitalización y embellecimiento del Casco Histórico.
Y todas esas tareas pendientes sólo podremos concluirlas con éxito si logramos perpetuar, el "espíritu de la Expo", quizá su legado más trascendente. Ese "espíritu" supone asumir: que el patriotismo de ciudad es la palanca más importante para lograr la prosperidad de Zaragoza. Y que ese patriotismo no es sino la búsqueda ilusionada de acuerdos profundos entre lo público y lo privado, entre la política y la ciudadanía, entre las diferentes administraciones públicas, entre los distintos partidos políticos. Patriotismo cívico es saber que no sólo debe gobernarse para la gente sino que además debe gobernarse con la gente.
La Expo nos ha dado una oportunidad extraordinaria para contarle al mundo quiénes somos y qué queremos.
Nos falta quizá ser capaces de contárnoslo a nosotros mismos. O, por mejor decir, saber contárnoslo con otra rasmia, con otro orgullo y con otro acento.
Vecinas y vecinos. Amigas y amigos. Lo vamos a conseguir. Palabra de Alcalde
Muchas gracias.