
A lo largo de su primera época del cobre (1910/11-1921) Gargallo se centra especialmente en la ejecución de piezas en chapa metálica -sobre todo de cobre, aunque también de hierro y de latón-, la mayoría cabezas y máscaras que mantienen una estructura convexa. De esta época son obras tan decisivas como Fauno con barba, Faunesa con flequillo, Fauno con monóculo, Faunesa con pendientes, y la pareja de máscaras teatrales formada por La tragedia y La risa (La comedia), todas de ca. 1915, la Máscara de Gitano, 1920-21.
A esas innovadoras obras se añaden, sobre todo por motivos de salud (que le obligaban a no realizar esfuerzos físicos), una serie de bajorrelieves repujados sobre chapa, entre los que destacan Retrato de Magali, Pequeña maternidad, Mujer acostada sobre la mies, Caín, y un buen número de excelentes joyas (anillos, colgantes, broches, alfileres) en oro, plata, hierro, con incorporación de piedras de diverso valor, que representan una valiosa aportación a la orfebrería moderna en España.
Como demuestran los bajorrelieves, Pablo no abandona la faceta clasicista de su trabajo, aunque realice menos obras de esa naturaleza, entre las que cabe destacar la Máscara de Picasso, 1913, Pastor, 1917-18, y Muchacha de Caspe, 1918, pero también el singular Retrato de la señora Grant, máscara para fundir en bronce a la que incorpora el recurso del vacío total de ojos y boca previamente ensayado con piezas en chapa metálica, como Máscara de hombre, 1910-11, continuando así un intercambio iconográfico y plástico que había realizado antes en sentido contrario.
Si antes de iniciar el intermedio del plomo había tallado piezas tan excelentes como Pastor y Muchacha de Caspe, 1918, en el momento de transición entre aquel decisivo interludio y la segunda época del cobre Gargallo modela los retratos de sus amigos Raynal, Reventós y Nogués, y al mismo tiempo talla en piedra una de sus más hermosas obras clasicistas, el desnudo de adolescente Torso de gitanillo, que primero fue una figura de cuerpo entero.
Además de este magnífico torso, el mismo año de su definitivo traslado a París modela en Barcelona varios desnudos femeninos (Durmiente, Bañista -con dos versiones, cabeza baja y cabeza levantada-, Esclava) extraordinariamente depurados e innovadores en su concepción y sintetismo plástico, a los que seguirá inmediatamente, ya en la capital francesa, la deliciosa pareja de Aguadoras, verdadero ejercicio de sutileza expresiva y delicada rotundidad formal.
El desarrollo de la prolífica segunda época del cobre y los importantes encargos monumentales recibidos desde Barcelona a partir de 1927, suponen una cierta interrupción en la trayectoria clasicista de Gargallo, que hasta comienzos de la década siguiente sólo modelará en esa línea las esculturas Maternidad y El joven de la margarita (El aragonés), ambas de 1927. Pero los grandes logros de su personal lenguaje clasicista estaban ya consolidados y continuarían desarrollándose, primero en las grandes obras monumentales del final de la década y luego en el extraordinario conjunto de piezas creadas entre 1933 y 1934.
A partir de los resultados obtenidos con las esculturas construidas o modeladas en negativo, Gargallo inicia en 1923-24 su segunda época del cobre, caracterizada por la utilización habitual de plantillas de cartón recortado (que usa como patrones para diseñar, trazar y recortar las piezas con que luego construirá sus obras en chapa metálica), por la aparición de figuras de cuerpo entero, progresivamente mayores y más complejas, y por la modificación estructural de todas las esculturas, que pasan a ser cóncavas. Este nuevo planteamiento conceptual, muy significativo en el caso de las cabezas y las máscaras (con la única excepción relativa de Pequeña máscara de Pierrot), está excelentemente aplicado y resuelto en Romántica, II (de la que existen otras dos versiones, todas construidas a partir de las correspondientes plantillas de cartón) y todavía más en el sintético Autorretrato, verdadero arquetipo de la esencialidad fragmentada.
Mientras perfecciona el sistema estructural cóncavo de sus máscaras y cabezas, y en plena resolución de los últimos grandes encargos monumentales, plantea de nuevo una suerte de recapitulación o prueba de control, trasladando todas las características conceptuales, formales e incluso físicas de tales obras a la máscara Kiki de Montparnasse, que funde en bronce con resultados admirables, convirtiéndola en único ejemplo fundido de este modo de representación (como sucede, en la primera época del cobre, con el Retrato de la señora Grant, 1913, respecto a las máscaras y cabezas convexas).

Si hemos identificado con el cobre dos épocas anteriores de la trayectoria de Gargallo, desde 1929 comienza el predominio del hierro, que además va incrementando su grosor, de modo que, desde la chapa repujada, torsionada y remachada o soldada, se pasa a las gruesas o muy gruesas planchas, que requieren el uso de la forja y de otras herramientas y procedimientos adecuados a sus características, nuevas dificultades que darán lugar, sin embargo, a las más importantes y significativas obras férreas de nuestro escultor.
Además del avance técnico que supone la utilización de gruesas planchas de hierro y de la extensión de las posibilidades expresivas que ello comporta, los aspectos que verdaderamente singularizan esta época del hierro son, por una parte, la plena incorporación del vacío total a esculturas de extraordinaria potencia plástica, como Gran arlequín, 1931, y Hommage a Chagall (cabeza cuyo volumen se construye con una penetración general y transparente del vacío) y, por otra, el interesantísimo proceso de simplificación geometrizada de las figuras, como sucede con David y su vertiginoso movimiento latente.
A todo ello se suma el desenvolvimiento de la fragmentación y elisión absoluta de algunas partes básicas de las figuras, iniciado en la segunda época del cobre y potenciado ahora con obras tan sugestivas como los tres retratos de Greta Garbo, 1930-31, la opulenta Gran bacante, 1931, y la rigurosa Pequeña bacante con hoja, relativa traslación al bronce del ascetismo sensual y las características texturales de aquélla, con lo que fomenta de nuevo esas fértiles relaciones internas que confirman la extraordinaria y sólida coherencia de toda su obra.