
Pablo Gargallo (Maella-Zaragoza-, 1881 - Reus - Tarragona -, 1934) es una de las más destacadas individualidades del arte moderno y un creador fundamental y decisivo para la evolución de la escultura del siglo XX. Con una sólida formación tradicional, que consolida en la Barcelona modernista y amplía con sus viajes a París en 1903, 1907 y 1909, a partir del segundo emprende una fructífera investigación en el uso de nuevos materiales metálicos (chapas de cobre, hierro, latón y plomo) y en la búsqueda de un lenguaje personal e innovador.
Sin abandonar la figuración y manteniendo su interés preferente por la representación del cuerpo humano, a lo largo de apenas tres décadas (que se reparten entre Barcelona y París) logra desarrollar un apasionante proceso de liberación física de la escultura, ya que desde el bulto redondo (que sigue depurando a través de la faceta clasicista de su trabajo) y mediante la inversión de los volúmenes, el progresivo aligeramiento de la masa, la supresión total de la materia y la fragmentación y elisión de los elementos significantes de la figura, llega a convertir el vacío, los espacios inducidos y las luces recogidas --y no reflejadas- en factores decisivos de la construcción escultórica.
Esas fundamentales aportaciones le convierten en uno de los más importantes escultores de todos los tiempos, porque lleva hasta los últimos límites la esencialización de los valores plásticos y significantes de la figura tradicional, abriendo caminos por los cuales ha seguido y sigue avanzando la escultura moderna y contemporánea.
La familia de Gargallo se traslada a Barcelona hacia 1888, justo cuando la ciudad se expande fuera de sus murallas y está viviendo, además del excepcional acontecimiento de una Exposición Universal, el auge del modernismo.
En 1895 comienza su aprendizaje con Eusebi Arnau i Mascort, uno de los más destacados representantes de la escultura modernista, con el que trabajará hasta octubre de 1903, fecha de su primer viaje a París. Además de asistir a las aulas de la Lonja, frecuenta Els Quatre Gats y los ambientes artísticos más inquietos e innovadores, iniciando sólidas relaciones de amistad con Picasso, Nonell, Canals, Manolo Hugué, los hermanos Reventós y los Fernández de Soto, al tiempo que se forma en el conocimiento de los materiales, las técnicas y los procedimientos tradicionales de la escultura.
Terminados sus estudios en la Lonja ?donde Agapit Vallmitjana i Barbany y Manuel Fuxà i Leal fueron sus profesores de escultura - y coincidiendo con su regreso de París en marzo de 1904, concluye el periodo de formación del escultor, a lo largo del cual no sólo participa en los proyectos de Arnau, sino que también comienza a presentar sus propias obras en exposiciones colectivas (En la Artesa, 1898), dibuja gran número de notas y apuntes tomados en lugares públicos, así como estudios y retratos de personas de su entorno, y realiza esculturas tan modernistas y perfumadas de simbolismo como Cleopatra, 1900, y Leda, ca. 1903, que representan muy bien la evolución de su obra en ese periodo de cambio de siglos.
En 1904 Gargallo inicia la conquista de su independencia profesional, objetivo que se reafirma dos años después cuando presenta su primera exposición individual en Barcelona y Lluís Domènech i Montaner le contrata para realizar una importante colaboración escultórica en el Hospital de la Santa Cruz y San Pablo, donde trabaja entre 1906 y 1911.
Es un periodo muy fecundo en encargos públicos y privados:
Obras todas ellas que le consolidan profesionalmente y despejan el horizonte de sus intereses creativos, para los que buscará nuevos impulsos con su traslado a París en 1912.
De nuevo en Barcelona desde 1915, mientras desarrolla la primera época del cobre recibe sucesivos encargos para el Monumento a Iscle Soler, 1915-18; los grupos alegóricos para el nuevo Teatro del Bosque, 1916; y la Estatua tumbal de la señora Pidelaserra, 1917.
Instalado en París desde 1924, mantiene todas sus vinculaciones con Barcelona, de modo que es uno de los invitados en 1927 a presentar bocetos de esculturas para la plaza de Cataluña, realizando en 1928 El pastor de la flauta y La vendimiadora (a cuyas maquetas corresponden los bronces del mismo título) y El pastor del águila, piezas muy en línea con los postulados generales del noucentisme.
Como también lo están las dos Bigas (a las maquetas de las cuales corresponden Caballo, I, Caballo, II y Caballo, III, 1927-28), y los dos jinetes del Saludo olímpico -El atleta clásico y El atleta moderno- (a la maqueta retrabajada del caballo de este último corresponde Caballito, 1927-28, y a partir del propio atleta realiza Gargallo el expresivo Torso de jinete, 1928-29), unas y otros concluidos en 1929 para el nuevo Estadio Olímpico de Montjuich, obras con las que Gargallo culmina sus importantes aportaciones a la estatuaria pública.
En 1933, año decisivo en su biografía, Gargallo consigue concluir Gran Profeta (idea u obsesión que le acompañaba desde 1904, como demuestran los tres dibujos de ese año y, mucho después, la escultura Cabeza de profeta, cobre de 1926), pero también Urano, dos obras modeladas para fundir en bronce cuya trascendental importancia radica en que, con aplicación de distintos esquemas formales, en ambas ha logrado llevar a cabo la plena integración de todos los conceptos expresivos y lenguajes plásticos descubiertos y conquistados a lo largo de las tres décadas anteriores, de modo que aquí reúne tanto la depuración y el sintetismo de sus trabajos clasicistas como el esquematismo, la fragmentación, las sinécdoques visuales, la elisión del volumen, el uso del vacío total como elemento escultórico que refunda la luz y los espacios, y todos los demás resultados de su feraz aventura investigadora. En definitiva, las fundamentales aportaciones de Gargallo, el gran innovador, a la escultura moderna y contemporánea, aquellas que le han convertido en una de las más imprescindibles e influyentes figuras del arte de nuestro tiempo.